El Mundial de la diáspora: la Copa de 2026 refleja un fútbol cada vez más marcado por la migración

Uno de los ejemplos más representativos es el de Marruecos. Desde hace varios años, la federación marroquí ha desarrollado una estrategia para identificar futbolistas de la diáspora nacidos principalmente en Francia, Bélgica, Países Bajos y España - Foto: FIFA

Uno de los ejemplos más representativos es el de Marruecos. Desde hace varios años, la federación marroquí ha desarrollado una estrategia para identificar futbolistas de la diáspora nacidos principalmente en Francia, Bélgica, Países Bajos y España - Foto: FIFA

El Mundial de 2026 podría pasar a la historia como el Mundial de la diáspora. Aunque no existe un registro oficial de la FIFA que permita afirmar que es la edición con mayor número de futbolistas migrantes o hijos de migrantes, sí es posible sostener que pocas Copas del Mundo habían reflejado con tanta claridad el impacto de las migraciones sobre la conformación de las selecciones nacionales.

Durante décadas, representar a un país significó, en la mayoría de los casos, haber nacido y crecido en él. Sin embargo, la globalización, los movimientos migratorios y las reglas de elegibilidad de la FIFA han transformado esa realidad. Hoy es común encontrar plantillas integradas por jugadores nacidos en otros países o por hijos de inmigrantes que decidieron representar la tierra de sus padres o abuelos.

Uno de los ejemplos más representativos es el de Marruecos. Desde hace varios años, la federación marroquí ha desarrollado una estrategia para identificar futbolistas de la diáspora nacidos principalmente en Francia, Bélgica, Países Bajos y España. Esa política convirtió al país africano en una potencia emergente y fue una de las claves de su histórica clasificación a las semifinales del Mundial de Catar 2022.

Otro caso es Canadá, cuya selección refleja la diversidad de una sociedad construida por sucesivas olas migratorias. En sus convocatorias aparecen jugadores nacidos en Liberia, Inglaterra, Croacia, Estados Unidos y otros países, además de numerosos hijos de inmigrantes africanos, europeos y asiáticos que crecieron bajo el sistema futbolístico canadiense.

La situación de Estados Unidos responde a una lógica diferente, aunque igualmente ligada a la migración. La mayoría de sus futbolistas nació en territorio estadounidense, pero buena parte tiene raíces mexicanas, colombianas, salvadoreñas, jamaicanas, italianas, alemanas, ghanesas o nigerianas. Su selección es, en muchos sentidos, un reflejo de la diversidad demográfica del país.

En Europa, Francia continúa siendo el ejemplo más emblemático. Desde el título obtenido en 1998, gran parte de sus plantillas ha estado conformada por hijos de inmigrantes procedentes del norte y el oeste de África, además de los territorios franceses de ultramar. Más que una excepción, esa diversidad se ha convertido en una característica permanente del fútbol francés.

También Suiza, Bélgica y Australia muestran cómo las migraciones han redefinido la identidad de las selecciones nacionales. Descendientes de familias originarias de Kosovo, Albania, Turquía, el Congo, Grecia, Italia, Croacia o Líbano ocupan hoy un lugar destacado en equipos que hace algunas décadas eran mucho más homogéneos desde el punto de vista demográfico.

El fenómeno también se observa en países que recurren activamente a sus comunidades en el exterior para fortalecer sus planteles. Argelia ha incorporado durante años a futbolistas nacidos en Francia, mientras que Jamaica ha encontrado en Inglaterra una fuente importante de jugadores con ascendencia jamaicana. En ambos casos, la diáspora se convirtió en una herramienta para elevar el nivel competitivo de la selección.

El caso de Senegal demuestra que este fenómeno no es exclusivo de países receptores de inmigración. Varios de sus internacionales nacieron o crecieron en Francia, España, Italia o Bélgica, producto de las migraciones africanas hacia Europa. Muchos desarrollaron allí su formación deportiva antes de representar al país de origen de sus familias.

Detrás de estas historias hay procesos migratorios que comenzaron décadas atrás. Conflictos armados, oportunidades laborales, reunificación familiar y movilidad académica llevaron a millones de personas a establecerse en nuevos países. Sus hijos y nietos crecieron con identidades compartidas y, gracias a las normas de elegibilidad de la FIFA, hoy pueden elegir qué bandera representar en las competiciones internacionales.

Más allá de las estadísticas, el Mundial de 2026 evidencia que las selecciones nacionales ya no son únicamente el reflejo del lugar de nacimiento de sus jugadores, sino también de las historias familiares, las diásporas y las múltiples identidades que caracterizan al mundo contemporáneo. El fútbol se ha convertido en un escenario donde convergen la nacionalidad, la cultura y los procesos migratorios.

Por eso, aunque no sea posible afirmar con certeza que esta será la Copa del Mundo con más migrantes e hijos de migrantes de la historia, sí puede sostenerse que pocas ediciones habían mostrado de forma tan evidente cómo las diásporas han transformado el fútbol de selecciones. En 2026, más que nunca, el Mundial no solo reunirá a los mejores futbolistas del planeta, sino también las historias de millones de familias que cruzaron fronteras y cuyos descendientes hoy representan a naciones con las que mantienen un vínculo de origen, identidad o pertenencia.

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