La intervención del presidente Donald Trump para pedir a la FIFA la revisión de la tarjeta roja mostrada a Folarin Balogun durante el Mundial de 2026 abrió un debate que trasciende lo deportivo. Mientras el mandatario defendía públicamente la permanencia del delantero en la selección estadounidense, varios analistas recordaron que el propio Balogun representa uno de los casos más emblemáticos del principio constitucional de ciudadanía por nacimiento que Trump ha intentado restringir desde su regreso a la Casa Blanca.
Balogun nació en Brooklyn, Nueva York, el 3 de julio de 2001, hijo de padres nigerianos que residían en el Reino Unido. Su nacimiento en territorio estadounidense le otorgó automáticamente la ciudadanía gracias a la Decimocuarta Enmienda de la Constitución, pese a que apenas unas semanas después regresó con su familia a Inglaterra, donde creció y desarrolló prácticamente toda su carrera futbolística antes de optar por representar a Estados Unidos en la categoría absoluta.
Ese principio jurídico, conocido como birthright citizenship, fue precisamente el que Trump buscó limitar mediante una orden ejecutiva firmada al inicio de su segundo mandato. La medida pretendía impedir que determinados hijos de inmigrantes en situación irregular o de personas presentes únicamente con visas temporales adquirieran automáticamente la ciudadanía estadounidense al nacer. Aunque los tribunales bloquearon la iniciativa y posteriormente la Corte Suprema la declaró incompatible con la Constitución, el episodio abrió un debate sobre sus posibles consecuencias más allá de la política migratoria.
La historia de Balogun resulta especialmente ilustrativa porque su madre viajó a Nueva York para visitar a familiares y terminó dando a luz de manera inesperada después de que una aerolínea le impidiera regresar al Reino Unido debido al avanzado estado de su embarazo. Sin embargo, el tipo exacto de estatus migratorio con el que ingresaron sus padres a Estados Unidos nunca ha sido divulgado públicamente, por lo que no puede afirmarse con certeza si habrían quedado comprendidos por la propuesta de Trump.
Aun así, el caso permite plantear un escenario hipotético. Si los padres de Balogun hubieran estado únicamente con una visa temporal de turismo —una de las categorías que la orden ejecutiva buscaba afectar— y la reforma hubiera sobrevivido al control constitucional, el delantero posiblemente no habría adquirido automáticamente la ciudadanía estadounidense al nacer. En consecuencia, su vínculo jurídico con Estados Unidos habría sido completamente distinto.
Ese cambio habría tenido efectos deportivos relevantes. Sin ciudadanía estadounidense desde el nacimiento, Balogun no habría podido representar a la selección nacional simplemente por ejercer un derecho que ya poseía. Para vestir la camiseta de Estados Unidos habría necesitado recorrer primero el complejo camino de la inmigración legal: obtener una residencia permanente, cumplir varios años de permanencia en el país y, solo después, solicitar la naturalización. Incluso ese proceso dependería de que existiera una vía migratoria que le permitiera establecerse en territorio estadounidense.
La política migratoria defendida por Trump tampoco contempla mecanismos especiales para nacionalizar rápidamente a deportistas extranjeros con el fin de fortalecer las selecciones nacionales. Si bien el sistema estadounidense mantiene visas y categorías migratorias para personas con habilidades extraordinarias, estas únicamente facilitan el acceso a la residencia y no otorgan la ciudadanía de manera inmediata. Es decir, un hipotético Balogun sin ciudadanía por nacimiento no tendría garantizada la posibilidad de jugar con Estados Unidos durante los años más importantes de su carrera.
Allí aparece la principal paradoja política. El mismo presidente que públicamente lamentó la expulsión de Balogun y expresó su deseo de que Estados Unidos afrontara el Mundial con su mejor equipo ha impulsado una reforma que, de haber existido cuando nació el delantero y de cumplirse las condiciones previstas por la medida, podría haber impedido que ese talento estuviera disponible para la selección estadounidense.
Los defensores de la reforma responden que no existe contradicción. Argumentan que Trump nunca ha buscado retirar la ciudadanía a quienes ya la poseen y que su propuesta se limitaba a modificar las reglas para futuros nacimientos, manteniendo abierta la posibilidad de que esas personas obtuvieran la nacionalidad posteriormente mediante naturalización. Desde esa óptica, el objetivo sería fortalecer el control migratorio sin afectar derechos previamente adquiridos.
Sin embargo, los críticos sostienen que el caso de Balogun evidencia uno de los efectos colaterales que tendría restringir la ciudadanía por nacimiento en un país construido históricamente por inmigrantes. Estados Unidos ha nutrido durante décadas sus selecciones deportivas con atletas nacidos en su territorio e hijos de familias llegadas desde distintas partes del mundo. Reducir ese universo de ciudadanos podría traducirse, con el paso del tiempo, en una menor disponibilidad de talentos para representar al país en competencias internacionales.
Más allá de la discusión jurídica, la historia de Folarin Balogun resume una tensión que hoy atraviesa la política estadounidense: mientras la administración Trump insiste en redefinir quién puede ser considerado estadounidense desde el nacimiento, uno de los futbolistas que el propio presidente defendió durante el Mundial simboliza precisamente el modelo de ciudadanía que su reforma buscaba restringir para las futuras generaciones.






