El movimiento estudiantil que desafió a Aleksandar Vučić y cambió el mapa político de Serbia

Los estudiantes universitarios comenzaron a organizar bloqueos y manifestaciones para exigir que se esclarecieran las circunstancias del derrumbe y se establecieran las responsabilidades correspondientes. Las protestas se extendieron a distintas ciudades, entre ellas Belgrado, y consiguieron el respaldo de profesores, trabajadores, profesionales y ciudadanos que no necesariamente compartían una misma orientación política - Foto: Bracejerkovic

Los estudiantes universitarios comenzaron a organizar bloqueos y manifestaciones para exigir que se esclarecieran las circunstancias del derrumbe y se establecieran las responsabilidades correspondientes. Las protestas se extendieron a distintas ciudades, entre ellas Belgrado, y consiguieron el respaldo de profesores, trabajadores, profesionales y ciudadanos que no necesariamente compartían una misma orientación política - Foto: Bracejerkovic

Serbia atraviesa una transformación política impulsada por un movimiento estudiantil que pasó de las calles a la disputa por el poder. Las movilizaciones, que comenzaron después de una tragedia ferroviaria en noviembre de 2024, se convirtieron en una expresión de descontento contra la corrupción y el funcionamiento de las instituciones. El proceso puso en el centro del debate al presidente Aleksandar Vučić, una de las figuras dominantes de la política serbia durante la última década.

El detonante fue el derrumbe de una marquesina de hormigón en la estación ferroviaria de Novi Sad, el 1 de noviembre de 2024. El accidente causó la muerte de 16 personas y provocó cuestionamientos sobre las obras de renovación, la contratación pública y los mecanismos de supervisión estatal. Para numerosos ciudadanos, la tragedia se convirtió en un símbolo de los problemas de transparencia y rendición de cuentas que atribuían al sistema político.

Los estudiantes universitarios comenzaron a organizar bloqueos y manifestaciones para exigir que se esclarecieran las circunstancias del derrumbe y se establecieran las responsabilidades correspondientes. Las protestas se extendieron a distintas ciudades, entre ellas Belgrado, y consiguieron el respaldo de profesores, trabajadores, profesionales y ciudadanos que no necesariamente compartían una misma orientación política.

Las reivindicaciones iniciales se concentraron en la publicación de información sobre el proyecto ferroviario, la investigación de las posibles irregularidades y la rendición de cuentas de los funcionarios. Con el paso de los meses, el movimiento amplió sus exigencias hacia la lucha contra la corrupción, la independencia de las instituciones y la convocatoria de elecciones parlamentarias anticipadas. De esa manera, una protesta vinculada con una tragedia concreta adquirió una dimensión política nacional.

Las manifestaciones de marzo de 2025 marcaron uno de los momentos de mayor visibilidad de la movilización. Las concentraciones multitudinarias en Belgrado mostraron que el descontento había superado los espacios universitarios y reunía a sectores sociales diversos. Los estudiantes mantuvieron una organización descentralizada, basada en asambleas y decisiones colectivas, mientras continuaban los bloqueos y las marchas en distintas localidades.

El crecimiento del movimiento también puso de manifiesto sus diferencias con el oficialismo. Vučić, dirigente del Partido Progresista Serbio, ha construido su trayectoria sobre el nacionalismo serbio y el populismo de derecha. Su Gobierno ha defendido la estabilidad política y el fortalecimiento del Estado, mientras sus críticos lo acusan de concentrar el poder, debilitar los controles institucionales y restringir el pluralismo mediático. La administración ha rechazado las acusaciones de corrupción y de represión sistemática.

La orientación política de Vučić no se limita, sin embargo, a una oposición entre Rusia y Occidente. Aunque Serbia mantiene vínculos históricos y políticos con Moscú y relaciones estrechas con Pekín, el Gobierno también ha sostenido formalmente la aspiración de ingresar en la Unión Europea. Esta combinación de nacionalismo, pragmatismo diplomático y discurso de estabilidad ha sido una de las características de su gestión.

El movimiento estudiantil, por su parte, no puede clasificarse de manera automática como una fuerza de izquierda. Su principal elemento de cohesión ha sido el rechazo a la corrupción y la exigencia de que las instituciones respondan ante la ciudadanía. En sus filas conviven sensibilidades liberales, proeuropeas, conservadoras y nacionalistas, cuyos integrantes no necesariamente coinciden sobre la política exterior, la integración europea o la cuestión de Kosovo.

La organización horizontal de las protestas y el uso de asambleas para tomar decisiones han llevado a algunos observadores a relacionar sus métodos con tradiciones de democracia directa. Sin embargo, estas prácticas no convierten por sí solas al movimiento en una organización de izquierda. Su carácter transversal explica parte de su capacidad de convocatoria, pero también representa un desafío para construir un programa político común más allá de la oposición al Gobierno.

Durante 2025 y 2026, la exigencia de elecciones anticipadas adquirió un papel central. La movilización dejó de concentrarse exclusivamente en las responsabilidades por el accidente de Novi Sad y comenzó a cuestionar la continuidad del oficialismo. En ese proceso, los estudiantes procuraron preservar su autonomía y evitar que las diferencias ideológicas entre sus participantes desplazaran las demandas de transparencia y renovación institucional.

La disputa llegó a las urnas el 25 de octubre de 2026, cuando una lista respaldada por el movimiento estudiantil compitió contra la alianza oficialista. Según los resultados preliminares difundidos por Reuters el 26 de octubre, con cerca del 99 por ciento de los votos contabilizados, la candidatura estudiantil obtuvo el 52,7 por ciento de los sufragios y 139 de los 250 escaños parlamentarios, mientras que la alianza de Vučić alcanzó el 39,2 por ciento y 97 escaños. El mandatario reconoció la derrota de su alianza, de acuerdo con el reporte.

El resultado representó un revés para una fuerza política que había dominado la escena nacional durante años. También abrió interrogantes sobre la capacidad del movimiento para convertir la movilización ciudadana en un proyecto de gobierno. La ausencia de un liderazgo único y las diferencias entre sus integrantes obligan a definir cómo se distribuirán las responsabilidades políticas y cuáles serán las prioridades legislativas.

La formación de un nuevo Gobierno y la puesta en marcha de reformas serán pruebas decisivas para los sectores que respaldaron la protesta. Las expectativas se concentran en la transparencia de la contratación pública, el fortalecimiento de los controles institucionales y la investigación de las responsabilidades por la tragedia ferroviaria. La mayoría parlamentaria ofrece una oportunidad para impulsar cambios, pero no garantiza por sí misma que se concreten.

El caso serbio muestra cómo una tragedia puede desencadenar una movilización que trasciende sus causas inmediatas y se convierte en una disputa sobre la legitimidad del poder. También evidencia que la oposición a un Gobierno no siempre se organiza alrededor de una ideología única: en Serbia, estudiantes y ciudadanos de distintas tendencias encontraron un punto de convergencia en la exigencia de rendición de cuentas.

El desafío para el movimiento será mantener esa diversidad sin perder capacidad de decisión y demostrar que sus propuestas pueden traducirse en políticas concretas. Para Vučić y su entorno, el resultado electoral representa una modificación sustancial del escenario político. Para Serbia, el desenlace de esta etapa dependerá de si las demandas que llevaron a miles de personas a las calles consiguen materializarse en instituciones más transparentes y mecanismos efectivos de control democrático.

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