¿Qué tan “Nunca” es el gabinete de Abelardo De La Espriella? Los primeros nombramientos ponen a prueba su principal promesa de campaña

Esa aparente contradicción no es exclusiva de Colombia. En Argentina, Javier Milei enfrentó cuestionamientos similares cuando varios de los integrantes de su gabinete provenían de gobiernos anteriores o mantenían vínculos con sectores tradicionales de la política - Foto: Archivo/Mauricio Vanegas

Esa aparente contradicción no es exclusiva de Colombia. En Argentina, Javier Milei enfrentó cuestionamientos similares cuando varios de los integrantes de su gabinete provenían de gobiernos anteriores o mantenían vínculos con sectores tradicionales de la política - Foto: Archivo/Mauricio Vanegas

Durante la campaña presidencial, Abelardo De La Espriella construyó buena parte de su discurso alrededor de un concepto: “los Nunca”. Con esa expresión buscó diferenciarse de “los Siempre”, término con el que agrupó a la clase dirigente que, según él, ha gobernado Colombia durante décadas sin resolver los principales problemas del país. El mensaje conectó con un electorado cansado de los partidos tradicionales y recordó la narrativa utilizada por el presidente argentino Javier Milei contra “la casta política”.

La propuesta sugería una ruptura con el establecimiento. Aunque De La Espriella nunca definió “los Nunca” como personas que jamás hubieran ocupado un cargo público, sí transmitió la idea de un gobierno integrado por perfiles alejados de las élites políticas tradicionales. Esa narrativa se convirtió en uno de los pilares de su campaña y en un elemento diferenciador frente a sus contendores.

Sin embargo, incluso antes de conformar su gabinete comenzaron a surgir interrogantes sobre la viabilidad de esa promesa. Uno de los primeros fue la cercanía política con Miguel Gómez Martínez, descendiente del expresidente Laureano Gómez y miembro de una familia que ha tenido una presencia constante en la política nacional durante más de un siglo. Si bien el parentesco no define una trayectoria política, para algunos analistas resultaba difícil conciliar el discurso contra las élites con el respaldo de una de las familias más representativas del conservatismo colombiano.

Con los primeros cinco ministros anunciados, el debate dejó de centrarse únicamente en la narrativa de campaña para trasladarse a la composición del Gobierno. Los nombramientos muestran una combinación de técnicos, abogados y políticos experimentados, varios de ellos con una amplia trayectoria en el Estado.

El caso de Miguel Gómez Martínez, designado para el Ministerio de Hacienda, es probablemente el que más cuestionamientos genera frente al concepto de “los Nunca”. Además de pertenecer a una familia históricamente vinculada al poder político, fue representante a la Cámara, embajador en Francia, presidente de Bancóldex y ocupó distintos cargos públicos. Su experiencia administrativa es amplia y reconocida, pero difícilmente corresponde al perfil de una figura ajena al establecimiento.

Algo similar ocurre con Rodrigo Lara, futuro ministro del Interior. Hijo del asesinado ministro de Justicia Rodrigo Lara Bonilla, construyó su propia carrera política como representante a la Cámara y senador. Durante años ha participado en el debate legislativo y ha integrado distintas colectividades políticas. Su nombramiento responde a la necesidad de contar con un interlocutor experimentado para la relación con el Congreso, aunque también representa la incorporación de un dirigente ampliamente conocido dentro del sistema político colombiano.

La designación de Viviane Morales para el Ministerio de Educación también se aparta del imaginario de una administración integrada exclusivamente por “los Nunca”. Morales ha sido representante a la Cámara, senadora, fiscal general encargada, embajadora y candidata presidencial. Su trayectoria la ubica entre las figuras con mayor experiencia institucional del país, incluso si buena parte de su carrera ha estado ligada al derecho y no exclusivamente a la política partidista.

En el caso de Iván Cancino, el análisis es más complejo. Su reconocimiento proviene principalmente de su trabajo como abogado penalista y litigante. No ha ocupado cargos de elección popular ni ha desarrollado una carrera política tradicional. Sin embargo, sí fue fiscal delegado ante una alta corte, una función de alto nivel dentro de la estructura judicial. Aunque su perfil es predominantemente técnico y jurídico, no puede afirmarse que sea completamente ajeno al Estado.

El nombramiento que más se aproxima al concepto planteado durante la campaña es el de Fabio Arjona en el Ministerio de Ambiente. Su carrera se ha desarrollado principalmente en organizaciones dedicadas a la conservación de la biodiversidad y la gestión ambiental. No obstante, tampoco se trata de un completo desconocido de la administración pública: fue viceministro de Ambiente durante el gobierno de Ernesto Samper y ha asesorado políticas ambientales durante varias décadas. Más que un outsider, representa un perfil técnico con experiencia en el sector.

En conjunto, los cinco ministros comparten un rasgo común: todos cuentan con una amplia experiencia profesional en las áreas que asumirán y, en mayor o menor medida, conocen el funcionamiento del Estado. Esa característica puede interpretarse como una apuesta por la gobernabilidad y la capacidad técnica, pero también contrasta con la expectativa que generó un discurso basado en la renovación de las élites políticas.

Esa aparente contradicción no es exclusiva de Colombia. En Argentina, Javier Milei enfrentó cuestionamientos similares cuando varios de los integrantes de su gabinete provenían de gobiernos anteriores o mantenían vínculos con sectores tradicionales de la política. La tensión entre un discurso antisistema y la necesidad de gobernar con personas que conocen la administración pública ha sido una constante en distintos movimientos políticos que llegan al poder prometiendo romper con el establecimiento.

También es cierto que gobernar un Estado del tamaño de Colombia exige experiencia institucional. Ministerios como Hacienda, Interior o Justicia requieren funcionarios familiarizados con la administración pública, la elaboración de políticas y la relación con otras ramas del poder. En ese sentido, la conformación del gabinete puede responder más a criterios de capacidad técnica que a una aplicación estricta del relato de campaña.

La pregunta, entonces, no es únicamente si los ministros han ocupado cargos públicos anteriormente. El verdadero debate consiste en definir qué quiso decir De La Espriella cuando habló de “los Nunca”. Si el concepto se refería a personas completamente ajenas al Estado, varios de los nombramientos parecen alejarse de esa promesa. Si, por el contrario, la expresión buscaba diferenciarse de determinadas prácticas políticas, la evaluación dependerá más del ejercicio del Gobierno que de las hojas de vida de sus ministros.

Por ahora, el gabinete del presidente electo refleja un equilibrio entre renovación parcial y experiencia institucional. Ninguno de los cinco nombrados puede considerarse un representante de la vieja maquinaria política en el sentido tradicional, pero tampoco son figuras completamente nuevas en la vida pública. La mayoría ha ocupado responsabilidades relevantes dentro del Estado o ha estado vinculada, directa o indirectamente, a las estructuras del poder.

Los primeros nombramientos, en consecuencia, muestran que la principal promesa simbólica de la campaña de Abelardo De La Espriella comienza a enfrentarse con las exigencias de gobernar. La idea de “los Nunca”, que sirvió para canalizar el descontento de un sector del electorado con la política tradicional, entra ahora en una etapa de mayor escrutinio. A medida que se complete el gabinete y comiencen las designaciones en otros niveles del Ejecutivo, será posible establecer si ese concepto se traduce en una verdadera renovación del poder o si terminó cediendo ante la necesidad de recurrir a figuras con experiencia en el aparato estatal.

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