La relación entre Donald Trump y California volvió a entrar en una zona de máxima tensión después de que el presidente estadounidense mencionara a Los Ángeles y San Diego como ciudades que podrían ser destruidas por Irán, mientras defendía el costo económico de la guerra.
Trump hizo las declaraciones el lunes 5 de octubre durante un mitin republicano en Grand Island, Nebraska, en uno de los momentos de mayor actividad política antes de las elecciones legislativas de noviembre. El presidente hablaba de los precios de los combustibles y de los costos derivados de la guerra con Irán.
“Es un pequeño precio que pagar para mantener seguro al mundo, para mantener seguro a nuestro país”, dijo Trump antes de referirse a la posibilidad de que Irán pudiera destruir una ciudad estadounidense.
“Pueden destruir una ciudad. Dejen que destruyan Los Ángeles, dejen que destruyan San Diego”, afirmó ante sus seguidores. Después insistió en que se trataba de un precio pequeño y aseguró que la guerra terminaría “muy pronto”.
La frase provocó una reacción inmediata en California. El gobernador Gavin Newsom, uno de los principales adversarios políticos de Trump, sostuvo que el presidente estaba diciendo que un enemigo extranjero podía atacar dos de las principales ciudades del estado.
Newsom calificó las declaraciones de “peligrosas” y recordó además que Trump había enviado previamente a la Guardia Nacional y a Marines a California durante los enfrentamientos relacionados con inmigración y seguridad.
La alcaldesa de Los Ángeles, Karen Bass, también cuestionó las palabras del presidente y afirmó que podían comprometer la seguridad de la ciudad. El alcalde de San Diego, Todd Gloria, sostuvo que su ciudad no debía ser considerada “daño colateral” de la guerra.
La reacción no quedó limitada al Partido Demócrata. Jim Desmond, republicano que compite por un escaño en un distrito cercano a San Diego, se distanció públicamente de Trump y sostuvo que ninguna ciudad estadounidense es prescindible y ninguna familia debe ser considerada daño colateral.
El representante republicano Kevin Kiley también calificó la declaración de “poco útil”, una muestra de que la frase generó incomodidad más allá de las autoridades demócratas que habitualmente confrontan al presidente.
La Casa Blanca ofreció una interpretación diferente. Steven Cheung, director de Comunicaciones, afirmó que Trump no estaba pidiendo que Irán atacara ciudades estadounidenses, sino explicando el peligro que, según el Gobierno, habría representado un Irán con capacidad nuclear.
Cheung sostuvo que los comentarios habían sido malinterpretados y que Trump estaba diciendo que las ciudades estadounidenses habrían estado amenazadas si Estados Unidos no hubiera impedido que Irán desarrollara esa capacidad.
El contexto del discurso permite entender de dónde surgió esa explicación. Trump estaba intentando justificar los costos económicos de la guerra, especialmente el aumento de los precios de los combustibles, como un sacrificio necesario para impedir una amenaza mayor.
Sin embargo, la formulación escogida dejó abierta otra interpretación. El presidente no dijo que Estados Unidos impediría que Irán destruyera Los Ángeles o San Diego, sino que utilizó la expresión “let them take out”, que literalmente puede traducirse como “dejen que destruyan”.
Ese matiz explica por qué la controversia no desapareció después de la explicación de la Casa Blanca. FactCheck.org y PolitiFact consideraron que el contexto apunta a que Trump estaba hablando de una amenaza hipotética que la guerra pretendía evitar, aunque reconocieron que la formulación fue confusa.
La polémica adquirió una dimensión adicional porque las dos ciudades mencionadas no fueron escogidas al azar. Los Ángeles y San Diego son los dos principales centros urbanos de California y se encuentran en un estado que durante años ha sido uno de los principales blancos políticos de Trump.
California es uno de los territorios más demócratas de Estados Unidos y Trump ha convertido al estado en un ejemplo recurrente de aquello que considera fallas de las administraciones demócratas.
El presidente ha criticado repetidamente las políticas californianas sobre inmigración, regulación, energía, elecciones y gasto público. También ha utilizado al estado como contraste político frente a los territorios republicanos donde concentra buena parte de su apoyo.
El Los Angeles Times describió las declaraciones de Nebraska como el ejemplo más reciente de una estrategia en la que Trump utiliza a California como adversario simbólico para movilizar a sus seguidores en estados republicanos.
La confrontación también tiene un rostro político concreto: Gavin Newsom. El gobernador californiano se ha convertido en uno de los adversarios más visibles de Trump y ha construido buena parte de su discurso nacional alrededor de la defensa de las políticas de California frente a la Casa Blanca.
La disputa entre ambos se intensificó durante las intervenciones federales en California. Newsom ha acusado a Trump de utilizar el poder federal contra un estado gobernado por la oposición, mientras Trump ha presentado a California como un territorio con problemas de seguridad, inmigración y administración pública.
En ese contexto, la referencia a Los Ángeles y San Diego fue recibida en California como algo más que una frase aislada sobre una guerra internacional. Para sus críticos, se inscribe en una larga secuencia de ataques retóricos contra el estado.
San Diego, además, tiene una característica que vuelve particularmente sensible la declaración. La ciudad alberga una enorme concentración de instalaciones militares estadounidenses y más de 115.000 militares en servicio activo están destinados en el área, incluida la Base Naval de San Diego, uno de los principales centros navales del país.
Eso significa que una eventual amenaza contra San Diego tendría implicaciones que superarían la disputa partidista. La ciudad es simultáneamente un importante centro urbano y uno de los principales nodos de la estructura militar estadounidense en la costa oeste.
Existe, además, una cuestión militar que limita la interpretación literal de las palabras de Trump. Irán posee misiles y drones capaces de alcanzar objetivos estadounidenses en Oriente Medio, pero actualmente no dispone de un sistema conocido que permita lanzar desde territorio iraní un ataque convencional contra California.
Los misiles iraníes de mayor alcance se sitúan alrededor de las 1.200 millas, mientras la distancia entre Irán y California supera ampliamente las 7.000 millas. Irán tampoco posee actualmente un arma nuclear reconocida.
Por eso, la referencia de Trump a Los Ángeles y San Diego debe entenderse dentro del escenario hipotético que viene planteando: el de un Irán capaz de desarrollar armas nucleares y eventualmente amenazar directamente a territorio estadounidense.
El presidente ha utilizado argumentos similares en otros discursos recientes para defender la guerra. Su tesis es que los aumentos temporales de precios y otros costos económicos son menores frente al riesgo que, según sostiene, representaría permitir que Teherán alcance una capacidad nuclear.
La discusión política, sin embargo, no termina con la interpretación de las palabras. También importa el momento en que fueron pronunciadas. California comenzó esta semana su votación anticipada para las elecciones de medio mandato, mientras los republicanos intentan ganar terreno en algunos distritos del estado.
Trump ha intervenido activamente en esa disputa electoral y ha respaldado a candidatos republicanos, incluido Steve Hilton en la carrera por la gobernación. En ese escenario, cualquier declaración contra California puede convertirse rápidamente en un elemento de campaña.
El problema para los republicanos es que la frase obligó a algunos de sus propios candidatos a explicar que no consideran aceptable que una ciudad estadounidense sea presentada como un costo asumible de una guerra.
La controversia también revela una paradoja de la estrategia de Trump. California es uno de los estados donde sus posibilidades electorales presidenciales son históricamente reducidas, pero al mismo tiempo representa un territorio con una enorme población, capacidad económica y peso cultural que el presidente utiliza con frecuencia para definir a su adversario político.
La frase sobre Los Ángeles y San Diego lleva esa confrontación a un terreno particularmente delicado: el de la seguridad de millones de ciudadanos estadounidenses.
Trump no ha dicho que quiera que Irán ataque California y la Casa Blanca niega expresamente esa interpretación. Pero sus palabras permitieron que sus adversarios plantearan una pregunta política mucho más incómoda: ¿hasta dónde puede llegar la retórica presidencial cuando el adversario utilizado para movilizar a una base política son también ciudadanos estadounidenses?
Por ahora, el episodio deja dos versiones enfrentadas. Para la Casa Blanca, Trump estaba explicando el peligro que Estados Unidos habría enfrentado ante un Irán nuclear y defendiendo el costo económico de impedirlo. Para sus críticos, el presidente convirtió la posible destrucción de dos grandes ciudades estadounidenses en un “pequeño precio” dentro de su argumento bélico.
California vuelve a ocupar un lugar central en la confrontación política de Trump. Los Ángeles y San Diego no son únicamente nombres mencionados en un discurso sobre Irán: son ciudades de un estado que el presidente ha convertido durante años en uno de sus principales adversarios políticos.
Y esa es la razón por la que la polémica supera la frase pronunciada en Nebraska. En plena campaña electoral, con una guerra internacional como telón de fondo y con Trump enfrentado desde hace años a las autoridades californianas, una referencia a la posible destrucción de dos de sus principales ciudades terminó convirtiéndose en otro capítulo de una disputa política que ya trasciende las fronteras del estado.






