La controversia alrededor de Yesid Lancheros, director de la revista Semana, no surgió únicamente por una pregunta sobre el dominio del inglés de la gobernadora del Chocó, Nubia Córdoba. El cuestionamiento apunta al marco desde el cual fue formulada: la sorpresa expresada ante la posibilidad de que una mujer, negra, chocoana y gobernadora de uno de los departamentos históricamente más excluidos del país sea, además, una dirigente con una sólida formación académica.
La frase que generó la discusión fue acompañada por una expresión de asombro sobre que el Chocó tuviera una gobernadora “tan preparada”, antes de preguntarle a Córdoba cómo había aprendido inglés. Para sus críticos, el problema no está en que se destaque la formación de la mandataria, sino en la aparente necesidad de explicar por qué una mujer con su trayectoria académica posee una competencia que, vistas sus credenciales, difícilmente debería resultar inesperada.
La propia Córdoba ha dicho que no se sintió irrespetada por Lancheros, pero al mismo tiempo puso el debate en una pregunta más profunda: por qué su preparación y el dominio de varios idiomas todavía producen sorpresa. Su trayectoria —Derecho en la Universidad Externado, especialización, estudios de maestría, formación en Georgetown y doctorado en curso, además del manejo de cinco idiomas— hace que esa sorpresa sea precisamente el centro del cuestionamiento.
La controversia, por tanto, también ha terminado poniendo bajo escrutinio al propio Lancheros. Como director de Semana y entrevistador, su pregunta puede ser analizada no solo por la intención que hubiera tenido, sino por las presuposiciones que dejó ver. Una cosa es interesarse por la trayectoria de una funcionaria; otra es construir esa trayectoria como una rareza que parece necesitar explicación.
Córdoba es abogada de la Universidad Externado de Colombia, se especializó en Derecho Medioambiental, realizó estudios de maestría en planificación territorial y gestión ambiental en la Universidad de Barcelona y ha adelantado estudios doctorales en Política y Gobierno. Además, fue becaria de Georgetown University y ha desarrollado parte de su trayectoria en espacios de cooperación internacional y en entidades del Estado. Su hoja de vida, por sí sola, ofrece un contexto suficiente para entender el acceso y el uso de otros idiomas.
La pregunta sobre cómo aprendió inglés también ignora una obviedad académica: en trayectorias de maestría, investigación y doctorado, el acceso a bibliografía, artículos especializados y discusiones internacionales suele requerir, en distintos grados, competencias en lenguas extranjeras. En el caso de Córdoba, además, su dominio no se limita al inglés: ha explicado que habla también francés, italiano y portugués.
El punto no es que saber inglés o varios idiomas deje de ser un mérito. La discusión es otra: por qué ese mérito se convirtió en una sorpresa tan grande que pareció exigir una explicación biográfica adicional, pese a que la formación académica y profesional de la gobernadora hacía perfectamente coherente esa capacidad.
Ese matiz permite entender la crítica racial y territorial. El Chocó ha sido históricamente asociado en el debate nacional con pobreza, abandono estatal y exclusión. El riesgo aparece cuando esa realidad estructural se transforma, consciente o inconscientemente, en una expectativa sobre las capacidades individuales de quienes nacen o ejercen liderazgo en el departamento. La precariedad de un territorio no significa precariedad intelectual de su población.
La propia gobernadora llevó el debate a ese terreno. Aunque aclaró que no se sintió discriminada ni irrespetada durante la entrevista, preguntó por qué debería sorprender que una mujer negra del Pacífico hablara varios idiomas y recordó que en el Chocó existen numerosos profesionales con formación de maestría y doctorado. Su respuesta desplazó la discusión desde la intención individual hacia los prejuicios sociales que hacen posible ese asombro.
También existe un posible matiz sexista. La expresión de sorpresa ante una “gobernadora tan preparada” puede ser leída dentro de una vieja desigualdad en la representación del poder: los hombres que llegan a cargos de elección suelen ser evaluados, antes que nada, por sus decisiones políticas, mientras que la preparación o las habilidades personales de una mujer pueden convertirse con mayor facilidad en un rasgo excepcional.
La comparación con otros gobernadores hombres resulta entonces relevante, aunque por sí sola no demuestra una intención discriminatoria. El contraste que merece una revisión periodística es si mandatarios de departamentos como Risaralda o Caldas, con trayectorias académicas distintas, han recibido en entrevistas un nivel semejante de sorpresa por su formación o preguntas destinadas a explicar cómo adquirieron competencias como el dominio de una segunda lengua.
El asunto no consiste en establecer que un título académico hace a un gobernante automáticamente mejor que otro. Tampoco se trata de medir el valor intelectual de los mandatarios según la cantidad de diplomas. El contraste sirve para examinar qué se considera normal y qué se considera extraordinario según la persona a la que se entrevista.
Si un gobernador hombre con una formación similar hablara inglés, es posible que el idioma pasara inadvertido o fuera asumido como una característica coherente con su carrera. En el caso de Córdoba, la secuencia de sorpresa y explicación convirtió esa misma habilidad en el centro de una conversación pública, a pesar de que su trayectoria ofrecía múltiples razones evidentes para no considerarla una particularidad.
Ese es el punto en el que la crítica al director de Semana adquiere mayor fuerza. No es necesario demostrar que Lancheros pensara conscientemente que una mujer negra del Chocó no podía hablar inglés para cuestionar el sesgo de la pregunta. Los prejuicios implícitos operan precisamente cuando determinadas capacidades parecen normales en unos grupos y sorprendentes en otros.
La entrevista también revela una tensión habitual en el periodismo: la diferencia entre la intención del entrevistador y el significado social de una pregunta. Lancheros pudo haber formulado su comentario desde la admiración o la curiosidad, y Córdoba ha dicho que no percibió irrespeto. Pero esa explicación no cancela el debate sobre por qué esa admiración adoptó la forma del asombro ante algo que su hoja de vida hacía previsible.
El cuestionamiento, en últimas, no debería reducirse a decidir si Yesid Lancheros es o no, personalmente, racista o sexista. La discusión más relevante es si su pregunta reprodujo una mirada racializada, territorializada y atravesada por expectativas de género sobre quiénes se supone que pueden ser altamente educados, políglotas y políticamente competentes.
La polémica deja así una lección incómoda para los medios. A veces el sesgo no aparece en un insulto ni en una afirmación abiertamente discriminatoria. Puede aparecer en aquello que se considera sorprendente, en las preguntas que solo se le hacen a determinadas personas y en las obviedades que se pasan por alto porque, antes de revisar una hoja de vida, ya se ha construido una expectativa sobre alguien.
En el caso de Nubia Córdoba, esa expectativa es justamente lo que ahora se discute. Una mujer negra, nacida y formada políticamente en el Chocó, con estudios universitarios, especialización, maestría, trayectoria internacional, estudios doctorales y dominio de cinco idiomas fue tratada, al menos en ese momento de la entrevista, como una excepción que necesitaba ser explicada. El debate que quedó abierto no es solo sobre una pregunta de televisión, sino sobre qué prejuicios siguen determinando, incluso desde el asombro, quién creemos que tiene derecho a ser considerado preparado.






