El tungsteno, también conocido como wolframio, es un metal poco conocido fuera de la industria minera, pero fundamental para numerosas actividades industriales y tecnológicas. Su símbolo químico es W y su número atómico es 74.
Una de sus principales características es su enorme resistencia. Tiene uno de los puntos de fusión más altos entre los metales y, cuando se combina con otros elementos, permite fabricar materiales capaces de soportar temperaturas, presión y desgaste extremos. Por eso su valor va mucho más allá del precio de una tonelada de mineral.
El principal uso industrial del tungsteno está en el carburo de tungsteno, utilizado para fabricar herramientas de corte y perforación resistentes al desgaste. La minería, la construcción y la industria metalmecánica utilizan ampliamente estos materiales.
También se emplea en aceros y superaleaciones, componentes para turbinas, contactos y electrodos eléctricos, sistemas de calefacción y aplicaciones que requieren materiales de alta densidad. Su combinación de dureza, resistencia y capacidad para soportar temperaturas elevadas explica su importancia industrial.
Pero existe otra dimensión que ha convertido al tungsteno en un asunto estratégico: la defensa. El metal puede utilizarse en aleaciones pesadas y componentes para armamento, mientras que sus propiedades permiten aplicaciones en municiones, blindajes y sistemas sometidos a condiciones extremas.
La historia del tungsteno se remonta mucho antes de su actual condición de mineral crítico. En el siglo XVIII, científicos europeos estudiaron minerales que hoy se identifican principalmente con la wolframita y la scheelita, de los cuales se obtiene el tungsteno.
En 1781, el químico sueco Carl Wilhelm Scheele identificó un nuevo ácido asociado con la scheelita. Dos años después, los hermanos españoles Juan José y Fausto Elhuyar consiguieron aislar el nuevo elemento a partir de la wolframita mediante reducción con carbón.
El interés económico creció durante el desarrollo de la industria siderúrgica. En 1864, Robert Forester Mushet descubrió que añadir tungsteno al acero producía una aleación mucho más dura y capaz de conservar sus propiedades a altas temperaturas. Ese avance abrió el camino a los llamados aceros rápidos y a una nueva generación de herramientas industriales.
Las guerras del siglo XX aumentaron todavía más su importancia. Durante la Primera Guerra Mundial la demanda se disparó, impulsada por su utilización en aceros y armamento. Para el final del conflicto, la demanda anual había alcanzado alrededor de 35.000 toneladas.
La Segunda Guerra Mundial volvió a demostrar que el acceso al tungsteno podía tener consecuencias geopolíticas. El mineral era indispensable para producir herramientas, componentes y materiales militares, de manera que controlar las fuentes de abastecimiento se convirtió en una cuestión estratégica.
Esa dimensión geopolítica no desapareció con las guerras mundiales. Por el contrario, la concentración de la producción mundial en China convirtió al tungsteno en uno de los minerales que Estados Unidos y otras potencias industriales consideran vulnerables dentro de sus cadenas de suministro.
El Servicio Geológico de Estados Unidos incluye al tungsteno dentro de su lista de minerales críticos. Según el USGS, China produce cerca del 83 % del tungsteno extraído en el mundo.
La cifra ayuda a entender el interés estadounidense. El problema no consiste solamente en cuánto tungsteno existe en el planeta, sino en quién controla su extracción, procesamiento y transformación en materiales que utilizan industrias estratégicas.
La preocupación se ha acentuado a medida que Washington intenta reducir su dependencia de China en minerales considerados esenciales para la economía y la seguridad nacional. El propio USGS señala que el análisis de minerales críticos está relacionado con las necesidades de la industria estadounidense, la defensa y la capacidad futura de producción.
El contexto internacional explica por qué nuevos yacimientos fuera de China adquieren valor. Estados Unidos está impulsando proyectos de minerales críticos y buscando cadenas de suministro alternativas, mientras China conserva una posición dominante en varios de estos mercados.
En ese escenario aparece Colombia. El país no es actualmente un gran productor mundial de tungsteno y durante años el mineral permaneció prácticamente fuera de la conversación pública sobre recursos estratégicos nacionales.
La historia colombiana, sin embargo, es más compleja de lo que podría sugerir esa ausencia de una industria formal. En 2013 investigaciones periodísticas documentaron la extracción ilegal de wolframita en Guainía y su vinculación con las estructuras de las Farc que controlaban parte de la región amazónica.
El caso de Cerro Tigre, en la Reserva Nacional Natural Puinawai, mostró entonces que el tungsteno podía tener valor suficiente para alimentar una economía ilegal. Según investigaciones de la época, la guerrilla cobraba por la extracción y controlaba rutas utilizadas para sacar el mineral hacia otros departamentos.
La investigación publicada por The Washington Post, a partir de información de Bloomberg y fuentes colombianas, describió una cadena que llevaba el mineral desde zonas controladas por las Farc hacia Guaviare y posteriormente a centros urbanos y puertos. La producción ilegal llegó a estimarse en más de 16 toneladas de wolframita por semana en determinados momentos.
Ese episodio también mostró otra característica del tungsteno: su cadena internacional puede ocultar el origen del mineral. En 2013 se documentaron exportaciones colombianas de tungsteno y empresas que aseguraban adquirirlo de explotaciones legales, mientras autoridades sospechaban que parte del material podía proceder de operaciones controladas por las Farc.
Entre las compañías mencionadas entonces estuvieron Geo Copper y Minerak, empresas colombianas vinculadas a la comercialización y exportación de minerales. Registros citados por la investigación señalaban ventas de mineral de tungsteno a Global Tungsten & Powders, filial estadounidense de la empresa austriaca Plansee.
Eso significa que Colombia ya había estado conectada a la cadena internacional del tungsteno, aunque bajo circunstancias muy diferentes a las actuales. La historia incluyó minería ilegal, conflicto armado, intermediarios, exportaciones y preocupación por minerales provenientes de zonas controladas por grupos armados.
El nuevo capítulo comenzó en Caldas con Collective Mining, una compañía canadiense dedicada a la exploración minera. Su proyecto Guayabales está localizado en el departamento y tiene como principal objetivo el sistema denominado Apollo, donde la empresa ha identificado mineralización de oro, plata, cobre y tungsteno.
El hallazgo resulta particularmente llamativo porque, según la compañía, el tungsteno no era el objetivo inicial de la exploración. Después de más de seis años buscando principalmente oro, plata y cobre, técnicos observaron en los núcleos de perforación un mineral que reaccionaba bajo luz ultravioleta: la scheelita, una de las principales fuentes de tungsteno.
Collective ha descrito Apollo como la primera ocurrencia conocida de tungsteno en roca dura identificada en la historia minera de Colombia. La precisión es importante: no significa que nunca hubiera tungsteno en el territorio colombiano, como demuestra la historia de Guainía, sino que se refiere a un depósito de roca dura identificado mediante exploración moderna.
La magnitud potencial del descubrimiento todavía debe establecerse. En junio de 2026, Collective informó una perforación de 27,35 metros con 37,55 gramos por tonelada de oro equivalente, incluyendo 1,68 % de trióxido de tungsteno, además de oro, plata y cobre. La compañía continúa perforando para definir el tamaño y características del sistema.
La empresa, por tanto, no puede ser presentada actualmente como una productora comercial de tungsteno en Colombia. Su actividad corresponde a exploración y desarrollo de un proyecto. La diferencia es fundamental: encontrar mineralización no equivale todavía a demostrar una reserva económicamente explotable ni a comenzar una producción industrial.
Los registros de la Agencia Nacional de Minería muestran que Collective Mining Limited Sucursal Colombia figura como titular de varios contratos que incluyen entre los minerales autorizados el wolframio o tungsteno. Entre ellos aparecen los títulos 503793, 503899 y 503911.
Por ahora, esa compañía canadiense es el actor empresarial claramente identificado alrededor del nuevo descubrimiento de tungsteno en Caldas. Los antecedentes de Geo Copper y Minerak corresponden a otra época y a una cadena de comercialización que estuvo relacionada con las controversias sobre la procedencia del mineral amazónico.
La pregunta sobre Estados Unidos adquiere así una dimensión distinta. No existe evidencia pública que permita afirmar que Washington haya señalado específicamente el depósito de Collective Mining como una fuente que quiera controlar o comprar. Lo que sí existe es una coincidencia estratégica: Estados Unidos necesita diversificar el suministro de tungsteno y Colombia acaba de identificar una nueva mineralización potencial.
El interés estadounidense puede explicarse por tres factores: la concentración mundial de la producción en China, los usos militares e industriales del tungsteno y la necesidad de construir cadenas de suministro consideradas seguras. En ese contexto, cualquier nuevo productor potencial fuera de China puede adquirir importancia estratégica.
El desafío para Colombia será determinar qué obtiene el país de esa eventual oportunidad. El debate no debería limitarse a cuánto vale el mineral en el subsuelo, sino incluir quién financia la explotación, quién compra el concentrado, dónde se procesa, qué participación permanece en Colombia, qué regalías genera y cuáles son sus impactos ambientales y territoriales.
La experiencia de la minería ilegal de Guainía ofrece una advertencia adicional. El tungsteno ya demostró en Colombia que puede integrarse a cadenas internacionales de alto valor sin que el origen del mineral sea transparente. Esta vez, el reto consiste en evitar que la carrera por un recurso estratégico repita las zonas grises del pasado.
El nuevo hallazgo ocurre además en un momento en que Colombia busca atraer inversión minera y fortalecer su posición dentro de las cadenas internacionales de minerales críticos. Por eso el tungsteno de Caldas no es solamente una historia geológica: puede convertirse en un asunto económico, ambiental y geopolítico.
La incógnita central todavía está abierta. Colombia tiene una nueva manifestación de tungsteno de roca dura y una empresa canadiense que intenta determinar su potencial; Estados Unidos tiene una dependencia considerable de cadenas dominadas por China. Entre ambos hechos existe una conexión estratégica posible, pero todavía no una prueba pública de que Washington esté detrás del proyecto.
Lo que sí está comprobado es que el tungsteno dejó de ser un mineral secundario para convertirse en un componente de la competencia por las cadenas industriales del futuro. Y Colombia, después de haber conocido su cara ilegal durante el conflicto armado, vuelve a aparecer en el mapa internacional de este metal por una vía completamente distinta: la exploración de un depósito formal en Caldas.






