La Alcaldía de Medellín inició el 8 de septiembre el desalojo de 73 viviendas ubicadas en sectores de la comuna 3, Manrique, que fueron declaradas en condición de alto riesgo. La decisión se produjo meses después de una emergencia asociada a las lluvias y al comportamiento de las quebradas de la zona.
El antecedente que marcó la intervención ocurrió el 3 de abril de 2026, cuando el incremento súbito del caudal de la quebrada La Mansión provocó una emergencia que afectó varias viviendas. El episodio dejó un niño de cinco años muerto y una persona lesionada, de acuerdo con el Distrito.
Desde entonces, la administración municipal sostiene que las condiciones del terreno y la exposición a inundaciones y avenidas torrenciales hacen necesario retirar a las familias de manera definitiva. La Alcaldía asegura que realizó recorridos y jornadas de sensibilización antes de comenzar el desalojo.
El operativo, sin embargo, no encontró una aceptación unánime entre los habitantes. Para algunas familias, abandonar las viviendas significa perder no solo el inmueble, sino también años de arraigo, redes familiares y comunitarias y una ubicación cercana a sus fuentes de trabajo y servicios.
La administración ha planteado un esquema de atención que incluye subsidios de arrendamiento temporal, traslado de enseres, acompañamiento social y otras ayudas. El problema que expresan algunos habitantes es qué ocurrirá cuando termine el periodo cubierto por el subsidio.
De acuerdo con información entregada por el Distrito, 53 familias manifestaron interés en acceder al subsidio de arrendamiento temporal. Para el 9 de septiembre, ocho hogares ya habían recibido el beneficio y otros continuaban adelantando los trámites.
El debate, por tanto, no se limita a determinar si las viviendas están ubicadas en una zona peligrosa. La discusión se concentra también en si una evacuación definitiva puede ejecutarse sin que las familias tengan garantizada una alternativa habitacional estable.
La Alcaldía ha defendido que la prioridad es proteger la vida de quienes permanecen en el área. Después de la tragedia de abril, el argumento de la prevención adquirió un peso mayor: permitir que las familias permanezcan en el lugar también implica mantenerlas expuestas a un riesgo que la administración considera técnicamente identificado.
Pero para los habitantes el riesgo no elimina automáticamente el problema de la vivienda. Una familia puede aceptar que su casa está en peligro y, al mismo tiempo, exigir que el Estado le ofrezca una solución que no se limite a unos meses de arriendo.
El conflicto se agravó durante las jornadas de evacuación. Se presentaron barricadas y enfrentamientos entre habitantes y miembros de la Policía, mientras las autoridades reportaron lanzamiento de objetos incendiarios y disparos desde la parte alta del sector.
La Alcaldía también ha planteado la hipótesis de que estructuras criminales podrían estar instrumentalizando la resistencia de los habitantes para impedir la intervención estatal. El alcalde Federico Gutiérrez ha relacionado esa posibilidad con dinámicas de control territorial y loteo ilegal.
Esa afirmación introduce una segunda dimensión en el conflicto. La pregunta ya no es únicamente cómo retirar a las familias de una zona de riesgo, sino qué actores tienen intereses sobre ese territorio y qué ocurrirá después de que las viviendas sean demolidas.
La administración debe sustentar con evidencia cualquier vínculo entre organizaciones criminales y las protestas de los habitantes. La existencia de una hipótesis de seguridad no debería convertir automáticamente en sospechosas a todas las familias que cuestionan el desalojo.
La situación social de los hogares también hace más complejo el proceso. La Alcaldía ha caracterizado a 56 familias que reúnen a 169 personas, entre ellas niños, adultos mayores, personas con discapacidad, migrantes y víctimas del conflicto armado.
Esos datos muestran que el desalojo ocurre sobre una población que ya enfrenta distintas condiciones de vulnerabilidad. Para esos hogares, el traslado no representa simplemente cambiar de dirección: puede significar alterar sus redes de cuidado, sus ingresos y sus condiciones de vida.
Hasta el 9 de septiembre, 14 viviendas habían sido demolidas, según reportes de prensa. Cada inmueble demolido reduce la posibilidad de retorno y convierte el desalojo en una transformación física irreversible del territorio.
Por eso, uno de los interrogantes centrales es cuál será el destino de los terrenos una vez concluya el operativo. Si la razón de la intervención es el riesgo, el Distrito tendrá que garantizar que las áreas recuperadas no vuelvan a ser ocupadas mediante nuevas construcciones informales.
La experiencia también plantea un desafío para la política de gestión del riesgo de Medellín. La prevención no puede reducirse a evacuar después de una tragedia: requiere identificar previamente las zonas expuestas, impedir nuevas ocupaciones y ofrecer alternativas habitacionales para quienes ya viven allí.
Manrique se encuentra así en la intersección de tres problemas que suelen avanzar por separado: la gestión del riesgo, el déficit de vivienda y la disputa por el control territorial. el desalojo puede resolver una parte del primero, pero no necesariamente los otros dos.
El éxito de la intervención no debería medirse únicamente por cuántas casas fueron evacuadas o demolidas. También tendrá que evaluarse por el destino de las familias, la permanencia de las ayudas, la existencia de soluciones habitacionales y la capacidad del Estado para evitar una nueva ocupación.
La pregunta de fondo es qué ocurre después del desalojo. Sacar a una familia de una zona peligrosa puede ser indispensable para proteger su vida, pero convertir esa salida en una solución definitiva exige que el Estado también responda por el futuro de quienes fueron obligados a abandonar el lugar donde construyeron su vida.






