Massachusetts también es Colombia

Aurora nació en Bogotá y llegó a Estados Unidos en 2021. Como muchas otras personas, dejó atrás una vida construida durante décadas para comenzar de nuevo en un lugar donde el idioma, las costumbres y las reglas eran distintas - Foto: Julieth Cabral

Aurora nació en Bogotá y llegó a Estados Unidos en 2021. Como muchas otras personas, dejó atrás una vida construida durante décadas para comenzar de nuevo en un lugar donde el idioma, las costumbres y las reglas eran distintas - Foto: Julieth Cabral

Hay un momento del que casi nunca hablan las estadísticas sobre migración. No ocurre cuando una persona cruza una frontera, consigue un empleo o aprende a moverse por una nueva ciudad. Llega un día cualquiera, mientras prepara el desayuno, busca un ingrediente imposible de encontrar o escucha a sus nietos cambiar del español al inglés en una conversación cotidiana. Es entonces cuando muchas personas descubren que ya no están simplemente viviendo fuera de Colombia: están aprendiendo a construir un hogar en otro lugar.

En la cocina de Aurora Páez siempre hay una olla de arroz blanco sobre la estufa.

Las arepas siguen apareciendo casi todos los días sobre la mesa y, cuando la ocasión lo permite, el desayuno incluye morcilla, como si Bogotá todavía pudiera servirse en un plato. En esa casa de Wilbraham, un pequeño pueblo del oeste de Massachusetts, cocinar no es solamente preparar alimentos. Es una forma de mantener viva la memoria.

Hay, sin embargo, un ingrediente que lleva años sin encontrar.

El lulo.

“El lulo, manjar de dioses”, dice Aurora.

Cada vez que entra a un mercado latino, recorre con calma la sección de frutas. Observa las cajas, pregunta si ha llegado algún pedido nuevo y mantiene la esperanza de encontrar ese sabor que durante años hizo parte de su vida cotidiana en Colombia. A veces encuentra maracuyá o guanábana. El lulo sigue siendo una ausencia.

Podría parecer un detalle pequeño, pero quizá ahí se esconda una de las verdades más profundas de la migración. Con el paso del tiempo no siempre se extraña un país entero; se empiezan a extrañar los pequeños gestos que daban forma a la vida diaria: una fruta, un olor, una conversación en la tienda del barrio o un desayuno de domingo.

Aurora nació en Bogotá y llegó a Estados Unidos en 2021. Como muchas otras personas, dejó atrás una vida construida durante décadas para comenzar de nuevo en un lugar donde el idioma, las costumbres y las reglas eran distintas. Hoy reside en Wilbraham mientras espera la resolución de su solicitud de asilo afirmativo, un proceso que, como tantos otros, implica convivir con la incertidumbre.

Sin embargo, reducir su historia a un expediente migratorio sería no comprender lo más importante.

Aurora no ha dedicado estos años únicamente a esperar.

Los ha dedicado a reconstruir.

A los 64 años decidió volver a estudiar. Superando las barreras del idioma, ingresó al programa de Artes Culinarias para Adultos de Smith Vocational and Agricultural High School, en Northampton. Hace apenas unos meses recibió su diploma, demostrando que empezar de nuevo también puede significar descubrir nuevas capacidades cuando muchas personas creen que ya no hay espacio para reinventarse.

“Le seguí la idea a mi hija de reinventarme y lo logré”, dice.

La frase resume mucho más que una decisión familiar. Habla de una mujer que aceptó volver a aprender, volver a equivocarse, volver a confiar en su capacidad de construir un lugar propio en una etapa de la vida en la que muchas veces la sociedad espera quietud, no comienzo.

A los 64 años decidió volver a estudiar. Superando las barreras del idioma, ingresó al programa de Artes Culinarias para Adultos de Smith Vocational and Agricultural High School, en Northampton. Hace apenas unos meses recibió su diploma, demostrando que empezar de nuevo también puede significar descubrir nuevas capacidades cuando muchas personas creen que ya no hay espacio para reinventarse – Foto: Julieth Cabral

La cocina fue, al mismo tiempo, una herramienta para aprender un nuevo oficio y una manera de conservar el vínculo con la tierra que dejó atrás.

Las recetas cambiaron.

Los ingredientes también.

Pero las arepas continuaron apareciendo sobre la mesa.

Mientras Aurora aprendía nuevas técnicas culinarias en otro idioma, seguía preparando los sabores con los que había construido su familia durante toda una vida.

Su hogar también cambió de forma.

Hoy vive junto a su hija mayor y sus nietos en Massachusetts. Su hijo, por su parte, desarrolla un doctorado en la Pontificia Universidad Católica de Chile, donde también atraviesa su propio proceso de adaptación. Como ocurre en miles de familias colombianas, la distancia dejó de medirse únicamente en kilómetros y empezó a organizarse alrededor de videollamadas, mensajes de voz y celebraciones compartidas a través de una pantalla.

“Mi corazón vive en tres países: acá en USA con mi hija, en Chile con mi hijo y en Colombia con mi hermana y mis sobrinas”, dice Aurora.

La migración no rompe necesariamente los vínculos familiares.

Los transforma.

Obliga a inventar nuevas formas de acompañarse, celebrar y permanecer cerca.

Pero hay otro lugar donde Aurora ha encontrado una manera de seguir construyendo comunidad.

Como voluntaria de Casa de Artesanos participa en actividades donde el arte se convierte en un punto de encuentro para personas de diferentes historias y generaciones. Allí, pintar, crear, conversar o compartir una comida dejan de ser actividades aisladas para convertirse en formas de fortalecer el sentido de pertenencia.

Cuando casi todo cambia —el idioma, las leyes, el trabajo o el paisaje—, conservar espacios donde la cultura pueda expresarse también es una manera de cuidar la salud emocional.

Aurora reconoce que la incertidumbre migratoria no desaparece. Las noticias que llegan desde Colombia y la información que circula constantemente en cadenas de WhatsApp suelen aumentar la sensación de alerta que viven muchas personas con procesos migratorios pendientes. La distancia no impide que las preocupaciones viajen de un país a otro; en ocasiones, incluso las amplifica.

Y, aun así, la vida continúa.

Hay nietos que abrazar.

Hay almuerzos que preparar.

Hay voluntariados que cumplir.

Hay nuevos aprendizajes por descubrir.

Quizá esa sea una de las mayores contradicciones de la migración: mientras el futuro permanece incierto, el presente sigue exigiendo ser vivido.

La historia de Aurora no es extraordinaria porque sea única.

Es extraordinaria porque se parece a la de miles de colombianos que hoy reconstruyen su vida lejos del país donde nacieron.

En Massachusetts, Colombia también existe.

Existe en las cocinas donde todavía se sirven arepas calientes junto al arroz blanco.

En los mercados donde alguien pregunta si llegó el bocadillo, el queso campesino o el lulo.

En las canchas donde un partido termina convirtiéndose en una reunión de amigos.

En los talleres donde el arte ayuda a crear comunidad.

En las videollamadas donde una abuela escucha a sus nietos cambiar de un idioma a otro sin dejar de llamarla “abuela”.

Massachusetts también es Colombia.

No porque reemplace al país que quedó atrás.

Sino porque miles de personas han aprendido a sembrar allí nuevas formas de pertenecer.

Aurora todavía no sabe cuándo volverá a probar un lulo.

Tal vez aparezca algún día en un mercado latino.

Tal vez tenga que esperar hasta regresar a Colombia.

Mientras tanto, sigue preparando arepas, compartiendo su tiempo con la comunidad, aprendiendo, enseñando y construyendo una vida que demuestra que el hogar no siempre es un lugar fijo.

A veces, el hogar es aquello que una persona decide seguir cuidando, incluso cuando está a miles de kilómetros de donde comenzó su historia.

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