La ciudad de Cúcuta se convirtió en el punto de partida del denominado “empalme regional” promovido por el presidente electo Abelardo de la Espriella, una estrategia que surge tras la suspensión del proceso formal de transición con el Gobierno de Gustavo Petro. La decisión convierte a la capital nortesantandereana en el primer escenario político del nuevo gobierno y refleja la intención del mandatario entrante de construir un diagnóstico territorial antes de asumir el poder.
La elección de Cúcuta no solo responde a razones administrativas. Durante la segunda vuelta presidencial, la ciudad registró uno de los respaldos más contundentes a la candidatura de De La Espriella y, según los resultados oficiales, fue la capital departamental donde obtuvo el mayor porcentaje de votación, incluso por encima de Medellín, considerada históricamente uno de los principales bastiones electorales de la derecha colombiana. Ese comportamiento electoral convirtió a Cúcuta en uno de los símbolos políticos del triunfo del presidente electo.
El equipo de transición ha explicado que el objetivo de estos empalmes regionales consiste en reunirse con gobernadores, alcaldes, gremios económicos, empresarios, autoridades militares, Policía y representantes sociales para conocer de primera mano el estado de cada departamento. La apuesta busca construir un diagnóstico paralelo al que normalmente elaboran los ministerios durante los procesos tradicionales de empalme.
En el caso de Norte de Santander, la agenda gira alrededor de algunos de los problemas más complejos que enfrentará el nuevo gobierno: la crisis de seguridad en el Catatumbo, la presencia de grupos armados ilegales, la relación fronteriza con Venezuela, la migración, el comercio binacional, la infraestructura y la reactivación económica de una región particularmente golpeada por el conflicto y las dificultades comerciales derivadas del cierre de la frontera durante años.
La estrategia contrasta con la propuesta presentada por Gustavo Petro tras la ruptura del proceso institucional. Ante la suspensión del empalme nacional ordenada por el presidente electo, el mandatario saliente anunció un “empalme con el pueblo“, mediante el cual busca entregar un balance público de su administración a organizaciones sociales, comunidades y ciudadanía, con el propósito de exponer los avances, dificultades y programas que, según el Gobierno, deberían tener continuidad.
En la práctica, ambos mecanismos reflejan visiones distintas sobre cómo afrontar una transición presidencial marcada por la confrontación política. Mientras Petro pretende que la ciudadanía conozca el estado de las políticas públicas y participe en la defensa de su legado, De La Espriella busca elaborar un diagnóstico directamente desde las regiones, sin depender exclusivamente de la información producida por el Gobierno saliente. Las dos iniciativas responden a una misma circunstancia: la ausencia de un empalme institucional pleno entre las dos administraciones.
Esa situación también incrementa el riesgo de que el nuevo gobierno termine gobernando bajo un marcado “efecto del espejo retrovisor”. Sin un intercambio técnico amplio entre ministerios y equipos de transición, resulta probable que muchas decisiones iniciales se apoyen más en las evaluaciones políticas realizadas desde los territorios que en la información consolidada por las entidades nacionales. A ello se suma la posibilidad de que la administración entrante atribuya al gobierno saliente buena parte de las dificultades encontradas durante sus primeros meses de gestión.
No obstante, desde el punto de vista administrativo, los empalmes regionales no sustituyen el proceso legal de entrega de información que deben realizar las entidades nacionales. Los ministerios continúan obligados a preservar documentación, bases de datos, contratos, estados financieros y demás insumos que deberán ser recibidos por los nuevos funcionarios una vez se produzca el cambio de gobierno. Las reuniones territoriales cumplen principalmente una función política y de priorización de problemas locales.
El inicio de la gira en Cúcuta también constituye un mensaje simbólico. Además de reconocer el respaldo electoral recibido en la ciudad, el presidente electo busca proyectar la idea de que su administración comenzará escuchando a las regiones antes que a la burocracia central. Esa narrativa encaja con el discurso que sostuvo durante la campaña sobre la necesidad de descentralizar las decisiones del Estado y devolver protagonismo a los territorios.
De esta manera, la transición presidencial colombiana comienza a desarrollarse sobre dos escenarios paralelos. Mientras el Gobierno Petro intenta cerrar su mandato mediante un “empalme con el pueblo”, Abelardo de la Espriella inaugura una ruta de “empalmes regionales” que empieza precisamente en la ciudad donde obtuvo su mayor respaldo entre las capitales del país. Más que simples ejercicios administrativos, ambas estrategias reflejan la disputa política por definir desde qué relato comenzará el próximo gobierno y cómo será interpretado el estado en que recibe el país.






