El “empalme con el pueblo” abre una transición inédita y anticipa un gobierno marcado por el debate sobre la herencia de Petro

Desde el punto de vista político, la estrategia busca evitar que el cierre del empalme sea interpretado como una falta de transparencia. También permite al Gobierno saliente construir un relato público sobre los logros de la administración y dejar documentada su versión del estado en que entrega el país - Foto: Presidencia de la República

Desde el punto de vista político, la estrategia busca evitar que el cierre del empalme sea interpretado como una falta de transparencia. También permite al Gobierno saliente construir un relato público sobre los logros de la administración y dejar documentada su versión del estado en que entrega el país - Foto: Presidencia de la República

La decisión del presidente Gustavo Petro de reemplazar el empalme tradicional con el presidente electo Abelardo de la Espriella por un “empalme con el pueblo” constituye uno de los episodios más inusuales de la historia reciente de las transiciones presidenciales en Colombia. La medida surge después de que el mandatario electo suspendiera la participación de su equipo en las reuniones de transición y el Gobierno respondiera suspendiendo también las actividades institucionales, abriendo un escenario de confrontación política que trasciende la simple entrega del poder.

La propuesta del Gobierno consiste en que cada ministerio y entidad nacional exponga públicamente el estado de sus programas, proyectos, contratos, finanzas y resultados de gestión mediante audiencias abiertas, transmisiones y rendiciones de cuentas dirigidas directamente a la ciudadanía. En palabras del presidente Petro, si el gobierno entrante decide no participar en el proceso de empalme, la obligación del Ejecutivo saliente es entregar esa información al país.

Desde el punto de vista político, la estrategia busca evitar que el cierre del empalme sea interpretado como una falta de transparencia. También permite al Gobierno saliente construir un relato público sobre los logros de la administración y dejar documentada su versión del estado en que entrega el país. Sin embargo, ese mismo propósito convierte el proceso en un escenario de disputa narrativa, pues el presidente electo no reconoce esa modalidad como sustituto del intercambio técnico entre equipos.

En términos jurídicos, el llamado “empalme con el pueblo” no reemplaza el procedimiento institucional de transición. La legislación colombiana no contempla esa figura como mecanismo oficial de entrega del gobierno. Se trata, más bien, de una decisión política de rendición pública de cuentas que puede complementar la obligación de informar a la ciudadanía, pero que no sustituye el acceso que tendrá el nuevo gobierno a los archivos, sistemas, contratos y documentos oficiales una vez asuma el poder.

Desde el punto de vista operativo, el principal efecto de la ruptura no consiste en que el Estado deje de funcionar. La administración pública continuará operando hasta el último día del actual gobierno y el presidente electo asumirá plenamente sus competencias el día de la posesión. Los nuevos ministros tendrán acceso a los expedientes administrativos, bases de datos, presupuestos, contratos y demás información institucional aunque nunca se sienten frente a sus antecesores.

No obstante, la ausencia de reuniones técnicas sí puede incrementar la complejidad de los primeros meses de gobierno. El empalme tradicional permite explicar el estado de proyectos complejos, litigios, programas sociales, compromisos internacionales y procesos contractuales que muchas veces no pueden comprenderse únicamente mediante documentos. Sin ese intercambio directo, el aprendizaje institucional dependerá en mayor medida del análisis interno que realicen los nuevos equipos una vez lleguen a cada entidad.

Ese escenario también fortalece el papel de los organismos de control. Procuraduría, Contraloría y demás entidades de vigilancia podrían convertirse en actores relevantes para verificar que la información entregada sea suficiente y que la transición administrativa se produzca conforme a las obligaciones legales, aun cuando el componente político del empalme permanezca suspendido.

La ruptura también podría tener efectos sobre el discurso del nuevo gobierno. Históricamente, los presidentes suelen dedicar los primeros meses de mandato a explicar el estado en que reciben la administración. Sin embargo, la inexistencia de un empalme formal podría ofrecer mayores argumentos para que la nueva administración sostenga que debió reconstruir por sí misma el diagnóstico del Estado y que las dificultades iniciales obedecen a la ausencia de una transición técnica completa.

En ese contexto, resulta posible que el gobierno de Abelardo de la Espriella recurra con mayor intensidad al denominado “espejo retrovisor”, es decir, a explicar parte de sus decisiones y de los problemas encontrados a partir de la herencia recibida. Esa posibilidad no depende únicamente del fracaso del empalme, sino también de la estrategia política del nuevo gobierno, que durante la campaña presentó buena parte de su propuesta como una ruptura con la administración Petro.

Paradójicamente, el propio “empalme con el pueblo” puede terminar alimentando ese escenario. Al dejar un amplio registro público de la gestión saliente, el Gobierno ofrece un punto de referencia que la nueva administración podrá confirmar, matizar o controvertir cuando tenga acceso completo a las entidades. En lugar de existir una única narrativa sobre el estado del país, podrían coexistir dos diagnósticos enfrentados sobre la misma realidad administrativa.

Más allá de la confrontación política, la transición deja una reflexión institucional de mayor alcance. El empalme entre gobiernos no existe únicamente para facilitar la comunicación entre dos proyectos políticos distintos; su principal propósito consiste en preservar la continuidad del Estado. Cuando ese intercambio se rompe, las instituciones siguen funcionando, pero aumenta el riesgo de retrasos, duplicidad de esfuerzos y mayores costos administrativos durante el inicio del nuevo mandato.

La experiencia que deja esta transición podría reabrir el debate sobre la conveniencia de fortalecer por vía legal los mecanismos de empalme presidencial en Colombia. Mientras eso ocurre, el país enfrenta un escenario inédito: un gobierno saliente que decidió entregar su balance directamente a la ciudadanía y un gobierno entrante que deberá construir buena parte de su diagnóstico institucional una vez ocupe efectivamente el Palacio de Nariño, en medio de una de las confrontaciones políticas más profundas de los últimos años.

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