La idea de que las y los jóvenes “ya no leen” es demasiado sencilla para explicar un fenómeno que está siendo medido en distintos países. Lo que sí muestran los datos es una disminución importante de la lectura por placer y, al mismo tiempo, un deterioro de algunas habilidades necesarias para comprender textos complejos.
Los resultados de PISA 2025 publicados por la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE) muestran que la lectura fue el área que registró la caída más pronunciada. Entre 2015 y 2025, el promedio de los países de la OCDE descendió 28 puntos en lectura.
El deterioro tampoco apareció de repente. Entre 2018 y 2025, el rendimiento promedio en lectura cayó 25 puntos en los 35 países de la OCDE con datos comparables: 11 puntos entre 2018 y 2022 y otros 14 entre 2022 y 2025.
La OCDE advierte, además, que la caída ya era visible antes de la pandemia de covid-19. Por eso, aunque el cierre de escuelas y la interrupción educativa tuvieron consecuencias importantes, no bastan para explicar por sí solos lo que está ocurriendo.
Uno de los cambios más importantes está relacionado con el tiempo. Leer un libro requiere reservar un periodo relativamente prolongado para una sola actividad, mientras que buena parte del entretenimiento digital está diseñado para ofrecer estímulos sucesivos y competir permanentemente por la atención.
Las y los jóvenes tienen hoy una cantidad enorme de alternativas para ocupar sus momentos libres. Redes sociales, videojuegos, plataformas de video, música, mensajería y contenidos audiovisuales compiten con los libros por el mismo recurso: el tiempo disponible.
Una encuesta del National Literacy Trust en Reino Unido encontró que apenas 32,7 % de los niños y jóvenes de entre 8 y 18 años afirmó disfrutar de leer durante su tiempo libre en 2025. Fue el nivel más bajo registrado en los 20 años de mediciones de esa organización.
El descenso también aparece en la frecuencia. Menos de uno de cada cinco jóvenes de 8 a 18 años, el 18,7 %, dijo leer diariamente durante su tiempo libre. La proporción ha caído casi 20 puntos porcentuales desde 2005.
Pero decir que las pantallas simplemente sustituyeron a los libros también sería insuficiente. Las investigaciones muestran que las y los jóvenes continúan leyendo, aunque lo hacen de maneras diferentes y con distintos propósitos.
La lectura digital, por ejemplo, forma parte de la vida cotidiana. Mensajes, páginas web, redes sociales, noticias, letras de canciones y libros electrónicos mantienen a los jóvenes en contacto con textos.
El problema es que esa exposición no necesariamente equivale a una lectura profunda. Leer un mensaje de unas pocas líneas, desplazarse por publicaciones o buscar un dato en internet exige operaciones distintas de las necesarias para seguir durante una hora el argumento de una novela, un ensayo o una investigación.
La propia OCDE señala que los estudiantes actuales leen y escriben extensamente en entornos digitales, pero con frecuencia lo hacen en formatos diferentes y para propósitos distintos de los de generaciones anteriores.
En ese cambio aparece uno de los factores más importantes: la fragmentación de la atención. Los estudiantes están acostumbrándose a cambiar rápidamente entre contenidos, aplicaciones y tareas, mientras la lectura profunda exige sostener una misma actividad durante un periodo prolongado.
PISA 2025 encontró una señal particularmente preocupante. La proporción de estudiantes considerados “lectores apresurados”, aquellos que responden rápidamente pero de manera incorrecta a preguntas que requieren una lectura cuidadosa, casi se duplicó entre 2018 y 2025.
Esto significa que el problema no consiste solamente en leer menos páginas. También puede estar cambiando la manera en que se procesa aquello que se lee.
Una persona puede recorrer cientos de textos breves durante un día y, sin embargo, tener dificultades para identificar la tesis de un texto largo, relacionar argumentos separados por varias páginas o distinguir entre una afirmación sustentada y una opinión.
La escuela también desempeña un papel en esta transformación. Para una parte de los jóvenes, la lectura aparece asociada fundamentalmente con obligaciones académicas, evaluaciones y tareas, en lugar de convertirse en una actividad vinculada con el placer, la curiosidad o la exploración personal.
Una investigación del National Literacy Trust basada en más de 58.000 respuestas de jóvenes de 8 a 18 años encontró que quienes tienen una relación negativa con la lectura suelen asociarla con aburrimiento, esfuerzo e irrelevancia. También aparecen dificultades para concentrarse, poca confianza y una asociación negativa entre leer y las actividades escolares.
La falta de elección también puede ser decisiva. Cuando los jóvenes tienen la posibilidad de escoger qué leer, el vínculo con la lectura puede cambiar. En 2025, una cuarta parte de los encuestados por el National Literacy Trust señaló precisamente la libertad de elección como un factor que podía motivarlos.
Los intereses personales tienen un peso similar. El 37,1 % dijo sentirse más motivado cuando el material coincidía con sus aficiones o intereses, mientras que el 38,1 % señaló que podía atraerlo un libro relacionado con una película o serie que le gustara.
Esto plantea un desafío para las instituciones educativas: quizá el problema no sea únicamente convencer a los jóvenes de leer, sino encontrar qué quieren leer y construir desde allí un hábito que después pueda extenderse hacia textos más complejos.
También existen diferencias sociales. Las posibilidades de desarrollar un hábito lector están relacionadas con el entorno familiar, el acceso a libros, el tiempo disponible y las condiciones económicas. La investigación internacional ha encontrado además que los padres que leen y muestran gusto por la lectura tienden a tener hijos con una relación más positiva con los libros.
La desigualdad también aparece en los datos británicos: en 2025, el porcentaje de jóvenes que leía diariamente era mayor entre quienes no recibían alimentación escolar gratuita que entre quienes sí la recibían, una diferencia que apunta a la relación entre lectura y condiciones socioeconómicas.
Otro elemento es el cambio en los formatos. El National Literacy Trust encontró que la lectura de ficción impresa entre los jóvenes de 8 a 18 años cayó de 59,5 % en 2017 a 49,3 % en 2025, mientras que la lectura de ficción digital se mantuvo relativamente estable.
La transformación más reciente resulta todavía más llamativa: la lectura de contenidos exclusivamente digitales, como mensajes, sitios web y publicaciones en redes sociales, también ha disminuido desde 2023, mientras crecen los contenidos audiovisuales breves y las herramientas capaces de resumir información.
Ahí aparece la inteligencia artificial. En 2025, dos de cada tres jóvenes británicos de 13 a 18 años dijeron haber utilizado IA generativa, principalmente para hacer preguntas, recibir ayuda con tareas y entretenerse.
La IA introduce una posibilidad que ninguna generación anterior tuvo a esa escala: obtener una síntesis de un texto sin necesariamente leerlo completo. Puede ser una herramienta educativa útil, pero también puede eliminar precisamente el esfuerzo cognitivo que permite desarrollar comprensión, memoria, vocabulario y capacidad crítica.
El problema, por tanto, no es que la tecnología haya hecho desaparecer la lectura. La tecnología ha cambiado el ecosistema en el que se lee y ha aumentado la competencia por la atención. La propia investigación sobre formatos digitales advierte que estos pueden funcionar como una puerta de entrada para jóvenes poco vinculados con los libros.
Tampoco puede afirmarse que toda una generación haya dejado de leer. Los jóvenes siguen leyendo ficción, cómics, letras de canciones, noticias, mensajes y textos digitales. El desafío está en que esas prácticas convivan con la capacidad de mantener la atención y comprender textos largos y complejos.
La diferencia es crucial porque leer profundamente no es solamente una habilidad escolar. Permite comprender una sentencia, analizar una ley, evaluar un programa político, interpretar una investigación periodística, detectar una manipulación o comparar dos argumentos contradictorios.
Por eso la disminución de la lectura puede convertirse en un problema democrático. En una sociedad saturada de información, la capacidad de leer críticamente determina también quién puede distinguir entre evidencia, propaganda, opinión y desinformación.
La pregunta, entonces, no debería ser simplemente por qué las y los jóvenes “ya no leen”. Los datos muestran una cuestión más compleja: ¿qué tipo de lectura están abandonando, qué tipo de lectura están adoptando y qué capacidades pueden perder si dejan de practicar la lectura prolongada y profunda?
La respuesta tampoco pasa necesariamente por enfrentar libros contra pantallas. La evidencia disponible sugiere que las estrategias más prometedoras pueden combinar formatos, intereses y autonomía, pero sin renunciar a desarrollar las habilidades que exige comprender textos complejos.
El desafío consiste, en último término, en recuperar la lectura como una actividad que no dependa exclusivamente de una calificación. Si leer significa únicamente cumplir una tarea, competirá permanentemente con formas de entretenimiento diseñadas para producir gratificación inmediata. Si vuelve a convertirse en una herramienta para descubrir, imaginar, cuestionar y entender el mundo, todavía existe espacio para reconstruir el hábito.
La crisis lectora juvenil, por tanto, no parece ser una historia sobre una generación que perdió el interés por las palabras. Es la historia de una generación que creció en un ecosistema donde las palabras compiten, segundo a segundo, con imágenes, videos, algoritmos, videojuegos y ahora con máquinas capaces de resumirlas. El reto educativo y cultural consiste en conseguir que, en medio de esa competencia, los jóvenes sigan encontrando razones para detenerse y leer.






