Las elecciones parlamentarias de Suecia dejaron un escenario abierto y una ventaja mínima para la oposición de centroizquierda, que busca recuperar el Gobierno después de cuatro años de administración de la derecha. Con cerca del 95 % de los distritos contabilizados, el bloque encabezado por la socialdemócrata Magdalena Andersson obtiene 176 de los 349 escaños del Riksdag, frente a 173 de las fuerzas de derecha.
La diferencia es tan estrecha que todavía no puede considerarse definitivo el resultado político. La Autoridad Electoral sueca informó que el escrutinio final continuará durante los días posteriores a la elección del 13 de septiembre y que el resultado definitivo está previsto para el fin de semana siguiente a los comicios.
El bloque de Andersson está integrado por los Socialdemócratas, el Partido de Izquierda, los Verdes y el Partido de Centro. En el reparto preliminar, los Socialdemócratas consiguen 100 escaños; la Izquierda, 29; los Verdes, 22, y el Centro, 25.
Del otro lado están los cuatro partidos que han sostenido el actual bloque de gobierno: Moderados, Demócrata Cristianos, Liberales y Demócratas Suecos. Los Moderados obtienen preliminarmente 70 escaños, los Demócrata Cristianos 22, los Liberales 19 y los Demócratas Suecos 62.
La primera gran noticia de la elección, sin embargo, no es solamente la estrecha ventaja de la izquierda. Es el retroceso de los Demócratas Suecos, la fuerza de ultraderecha liderada por Jimmie Åkesson, que durante los últimos años se convirtió en un actor central de la política nacional.
El partido obtiene alrededor del 17,5 % de los votos, frente al 20,5 % que había alcanzado en 2022. Con 62 escaños, pierde 11 bancas y deja de ser la segunda fuerza parlamentaria para convertirse en la tercera, detrás de los Moderados.
El resultado supone un cambio significativo para una organización que había mantenido una trayectoria ascendente desde su entrada al Parlamento en 2010. Esta es la primera elección parlamentaria en la que los Demócratas Suecos pierden respaldo respecto de los comicios anteriores.
El retroceso no significa, sin embargo, que las posiciones defendidas por la ultraderecha en Suecia hayan desaparecido del debate sueco. Durante los últimos años, cuestiones como la inmigración, la integración y la seguridad pasaron de ser banderas casi exclusivas de los Demócratas Suecos a ocupar un espacio mucho más amplio dentro de la agenda de los partidos tradicionales de derecha.
Ese desplazamiento constituye una de las claves para interpretar el resultado. Algunos análisis señalan que parte del electorado que anteriormente encontraba en los Demócratas Suecos una opción para endurecer las políticas migratorias pudo considerar que los Moderados, los Demócrata Cristianos y otras fuerzas conservadoras ya representaban posiciones más restrictivas.
También se ha señalado el desempeño de los Liberales, que alcanzaron aproximadamente el 5,4 % de los votos y obtuvieron 19 escaños. Su resultado puede haber contribuido a atraer votantes que querían mantener una orientación de derecha sin respaldar directamente a los Demócratas Suecos.
Los Socialdemócratas, por su parte, siguen siendo el partido más votado del país, con alrededor del 28,1 %. Pero ese resultado también tiene una lectura problemática para Magdalena Andersson: representa su peor desempeño electoral desde comienzos del siglo XX, según los análisis publicados tras los comicios.
Así, la posible victoria de la centroizquierda no puede interpretarse simplemente como un giro contundente de Suecia hacia la izquierda. El resultado combina el liderazgo electoral de los Socialdemócratas con una fragmentación considerable y con un sistema político en el que las diferencias entre bloques son cada vez más estrechas.
La principal dificultad para Andersson será convertir los 176 escaños preliminares de su bloque en una fórmula de gobierno estable. La aritmética parlamentaria permite una mayoría mínima, pero las diferencias entre los partidos que integran la oposición pueden complicar un acuerdo político duradero.
El Partido de Centro constituye una pieza particularmente importante. Sus posiciones y sus límites frente al Partido de Izquierda pueden determinar qué tipo de coalición sería posible. El partido ha mostrado reservas frente a una alianza demasiado estrecha con la izquierda y busca preservar una orientación centrista.
En el campo de la derecha, el primer ministro saliente, Ulf Kristersson, tampoco ha cerrado la posibilidad de intentar formar Gobierno. Aunque su bloque aparece tres escaños por detrás, la negociación parlamentaria podría abrir alternativas si consigue reunir suficientes apoyos para superar una votación de investidura.
El sistema de Suecia introduce además una particularidad: para ser primer ministro no es necesario obtener una mayoría absoluta de votos a favor, sino evitar que una mayoría del Parlamento vote en contra. Eso amplía el margen de negociación para quien intente formar Gobierno.
El resultado definitivo dependerá también del escrutinio de los votos que aún no se han incorporado al resultado preliminar. La jornada adicional de recuento incluye votos anticipados y sufragios recibidos desde el extranjero, mientras que el conteo definitivo de los consejos administrativos regionales comenzó el 14 de septiembre.
El nuevo Parlamento se reunirá el 28 de septiembre. Si las negociaciones fracasan, el proceso de formación de Gobierno puede prolongarse, y la legislación sueca contempla incluso la convocatoria de nuevas elecciones si se producen cuatro intentos fallidos de elegir primer ministro.
Más allá de quién termine ocupando el poder, los comicios dejan una conclusión política relevante: la ultraderecha perdió votos y escaños, pero su influencia sobre el debate nacional no desapareció. Las políticas sobre inmigración, seguridad y crimen que ayudaron a impulsar a los Demócratas Suecos durante la última década ya forman parte del centro de la discusión política sueca.
Suecia, por tanto, no sale de las elecciones con un mandato inequívoco para uno de los dos grandes bloques. Sale con un Parlamento fragmentado, una posible mayoría de centroizquierda por un margen de apenas tres escaños y una ultraderecha debilitada electoralmente, pero todavía relevante para entender el desplazamiento de la política sueca durante los últimos años. El desenlace definitivo dependerá ahora del escrutinio pendiente y, sobre todo, de la negociación que determine quién consigue gobernar.






