El término guerra cultural data de 1991, cuando fue establecido por James Davison Hunter, en su libro Guerras Culturales: La Lucha por Definir a Estados Unidos. Hablaba de lo que hoy se viene llamando “polarización”. Pues afirmaba que su país se enfrentaba entre dos bandos, uno de visión “ortodoxa” relacionado con tradiciones religiosas; y otro “progresista”, relacionado con transformaciones sociales.
Curiosamente ese mismo año, se promulgó la Constitución colombiana que definió el voto programático, herramienta base para las revocatorias de mandato. Los constituyentes buscaban que los programas inscritos por quienes aspiran a cargos de elección popular fueran cumplidos o de lo contrario, las y los elegidos puedan ser objeto de una demanda y revocatoria.
El voto programático también ha sido interpretado también como una herramienta para elegir programas y modificando aquella idea tan latinoamericana, de votar por figuras políticas (caudillos) que ha marcado y sigue marcando los procesos electorales.
Aunque a primera vista, estos dos elementos parecieran no tener relación; los tiempos que corren los han llevado a tener una interesante vinculación gracias a una variable que quizás en 1991 nadie consideró: Internet.
La guerra cultural por ejemplo, ha ido evolucionando hasta tener fenómenos sociales bastante peligrosos como lo son la machosfera (algunas personas prefieren el término manosfera). En este ámbito hombres jóvenes a nivel mundial se mueven bajo el liderazgo de otros hombres que venden (literalmente) consejos tomados de los estereotipos de género del medioevo. Irónicamente en medio de una era de soledad donde la promesa de mayor conexión de las redes sociales falló monumentalmente del lado de su real propósito; niños y jóvenes achacan sus problemas para relacionarse con mujeres al feminismo y no a la falta de capacidades sociales heredadas de la hiperconexión.
Es aquí donde se encuentra parte del origen de la estrategia de la guerra cultural desde el punto de vista “ortodoxo”: Explotar la frustración. Puede ser frustación contra las clases políticas, contra el sexo opuesto o contra el “sistema” (si, el uso de comillas es necesario aquí). Lo que viene después es ofrecer una solución infalible (un poco absurda) que va a venir a dar un giro de 180 grados a la vida de las personas que decidan tomarla.
Además de esta tiene que ser una solución incuestionable y casi mágica, que normalmente viene cargada de violencia. Aparte de un necesario retorno a tiempos pasados donde según los llamados ortodoxos por Hunter, las cosas fueron mejores.
Esto también se combina con un ingrediente que se usa con éxito desde tiempos ancestrales: El miedo. Ya sea un enemigo interno o uno externo, la solución debe garantizar que protegerá a los individuos de aquellos que quieren cambiar sus vidas. El enemigo en la mayoría de los casos puede seguir los mismos lineamientos que siguió el pintor austríaco con el tema judío, puede ser un miedo bien elaborado, que aunque no tenga pruebas, cale fácilmente en la población; incluso aunque sea algo tan absurdo como “homosexualizar” a las infancias.
Este método le viene funcionando a la ultraderecha a nivel mundial. Desde el Brexit hasta la reciente elección en Colombia; un voto emocional dirige la elección y el programa inscrito poco o nada se analiza porque al final lo que hay que hacer es detener a ese enemigo que vendrá por nosotros.
Así de fácil se termina desechando la idea del voto programático, y no importa la promesa del programa ni sus consecuencias; lo importante es la promesa general que implique acabar con ese enemigo y hacer desaparecer la frustración. Algo que al igual que el programa es poco probable que realmente se cumpla.
A todo esto, hay que hablar de la desinformación. Este es un elemento básico de este “método”, como dijera Alexis de Tocqueville en La Democracia en América: “una mentira cotidiana… con el tiempo se convierte en una verdad recibida”. Antes era necesaria una campaña impresa, el voz a voz o un total monopolio de los medios; ahora basta con difundir una mentira por redes sociales e inundar dichas redes con ese mensaje para que cualquier cuestionamiento sea rebatido con argumentos básicos o contrarrestado con una avalancha de memes, acallando el disenso y por ende que la verdad se pierda en un mar de insultos.
Internet no solo se convierte entonces en la perfecta herramienta para construir discursos desinformadores, sino en la forma más simple y básica para acabar con la verdad. Incluso hoy por hoy la ciencia sufre las consecuencia de la viralidad de la desinformación. Por eso tenemos grandes movimientos antivacunas o absurdamente, terraplanistas.
Y si a esto le sumamos que Internet también ha ido transformando la capacidad de atención, verificación e investigación de las nuevas generaciones, vamos caminando hacia un peligroso abismo.
Básicamente si la información no está en un vídeo vertical de unos pocos minutos, el mensaje se perderá (como puede que pase con este editorial), pues la capacidad lectora de la población se viene perdiendo así como el hecho de mantener su atención incluso en un plano en un producto audiovisual que duro más del tiempo que los cerebros de las personas están acostumbrados.
Y ahora con el mal uso que se le da a la inteligencia artificial, tenemos la receta perfecta para tener una guerra cultural donde la ultraderecha simplemente aprieta un botón para lanzar un discurso poco novedoso pero básico para salvar a una población asustada que poco o nada comprende de la realidad que percibe a través de una pantalla.
Todo esto se complemente con el hecho que del lado “progesista”, la respuesta implica discursos elaborados que requieran atención, análisis e investigación; la estrategia “ortodoxa” habrá funcionado casi que sin fisuras.
La población poco o nada estará interesada en comprender algo que implique ir más allá de su rango de atención y comprensión; un camino fácil hacia una elección pueril. Incluso aunque sea evidente que de esto dependan sus derechos y su calidad de vida.
Tal parece que la batalla cultural por el momento se seguirá perdiendo, pues quienes dominan Internet no están interesados en modificar la forma de ofrecer contenidos y que se “rehabilite” la capacidad de atención, investigación y contraste de la humanidad.
Quizás la esperanza sea el efecto resaca que tienen estas elecciones pueriles. En Argentina, Milei pierde popularidad mientras a su población le cuesta más llegar a fin de mes. En Reino Unido, el “guayabo” les llegó 10 años después cuando notaron que el Brexit fue una mala elección. No sé cuánto tiempo le tome a la población colombiana entender que invertir unos minutos en validar información y entender programas puede definir realmente lo que pase con su país durante 4 años, y que entonces el efecto resaca les permita elegir mejor en 4 años. Pero luego recuerdo que siempre con resaca decimos que no lo volveremos a hacer, algo que recordamos dolorosamente en la siguiente resaca.



