Homonacionalismo: cuando los derechos LGBTIQ+ se convierten en un arma de la guerra cultural

Weidel ha tratado el matrimonio igualitario como una cuestión secundaria frente a la seguridad y que esa estrategia permite desplazar el debate desde la ampliación de derechos hacia la supuesta necesidad de proteger a las personas LGBTIQ+ frente a una amenaza exterior. Así, una identidad sexual minoritaria puede ser integrada en un discurso que mantiene otros componentes conservadores - Foto: Elekes Andor

Weidel ha tratado el matrimonio igualitario como una cuestión secundaria frente a la seguridad y que esa estrategia permite desplazar el debate desde la ampliación de derechos hacia la supuesta necesidad de proteger a las personas LGBTIQ+ frente a una amenaza exterior. Así, una identidad sexual minoritaria puede ser integrada en un discurso que mantiene otros componentes conservadores - Foto: Elekes Andor

El homonacionalismo describe un fenómeno político en el que determinadas formas de reconocimiento de las personas LGBTIQ+ son incorporadas a una narrativa nacionalista. El concepto, desarrollado especialmente por la académica Jasbir Puar, examina cómo la sexualidad puede convertirse en una herramienta para construir fronteras simbólicas entre quienes son considerados parte de una sociedad “moderna” y quienes quedan representados como su opuesto.

El punto de partida no es afirmar que los derechos LGBTIQ+ sean una construcción ficticia. Tampoco implica que una persona homosexual que defienda políticas conservadoras esté necesariamente actuando de manera homonacionalista. El concepto se vuelve relevante cuando la identidad sexual o los derechos sexuales pasan a funcionar dentro de una lógica política que define quién pertenece al “nosotros” y quién es presentado como amenaza externa.

Esa lógica suele establecer una oposición entre dos espacios. En uno aparece una sociedad nacional representada como liberal, tolerante y protectora de las libertades sexuales. En el otro aparecen grupos racializados, religiosos o migrantes descritos como particularmente homófobos, patriarcales o incompatibles con esas libertades. La literatura sobre homonacionalismo ha estudiado precisamente esta construcción de un “nosotros” sexualmente progresista frente a un “ellos” culturalmente atrasado.

En Europa, esta dinámica puede cruzarse con las denominadas guerras culturales. La literatura académica utiliza ese concepto para describir conflictos políticos en torno a cuestiones como la familia, el aborto, el género, la sexualidad, la religión, la inmigración y la identidad nacional. En algunos países europeos, el debate interno sobre los valores se superpone con otro frente: la representación del islam y de las poblaciones musulmanas como un desafío cultural a la identidad europea.

El vínculo entre ambos fenómenos es importante. Una guerra cultural necesita temas capaces de dividir políticamente a la sociedad y producir fronteras entre grupos. El homonacionalismo puede proporcionar uno de esos temas: la protección de los derechos LGBTIQ+ deja de presentarse solamente como una cuestión de igualdad y comienza a utilizarse también como prueba de superioridad cultural, nacional o civilizatoria.

El caso de Alice Weidel permite observar esa dinámica con particular claridad. La dirigente de Alternativa para Alemania, AfD, es lesbiana y vive con su pareja, nacida en Sri Lanka; tienen dos hijos. Reuters ha descrito precisamente la tensión entre su vida personal y la posición de un partido caracterizado por su discurso antiinmigración y por una concepción tradicional de la familia.

La biografía de Weidel, sin embargo, no demuestra por sí misma la existencia de homonacionalismo. Lo significativo es el uso político que ella misma ha hecho de su orientación sexual. En 2017 sostuvo que la AfD no representaba un problema para homosexuales y vinculó la seguridad de gays y lesbianas con la amenaza que, según su discurso, constituía la denominada “islamización” de Alemania.

En aquel discurso, Weidel presentó como un problema prioritario los ataques contra homosexuales que atribuía a inmigrantes musulmanes y sostuvo que la AfD era una fuerza de protección para gays y lesbianas. Un estudio académico sobre los discursos de la extrema derecha alemana y suiza identifica precisamente esa operación: convertir al “musulmán homófobo” en el adversario principal de las personas homosexuales y utilizar esa figura para ampliar el discurso antiinmigración.

La investigación señala además que Weidel ha tratado el matrimonio igualitario como una cuestión secundaria frente a la seguridad y que esa estrategia permite desplazar el debate desde la ampliación de derechos hacia la supuesta necesidad de proteger a las personas LGBTIQ+ frente a una amenaza exterior. Así, una identidad sexual minoritaria puede ser integrada en un discurso que mantiene otros componentes conservadores.

Allí aparece una de las paradojas centrales del homonacionalismo. No es necesario que una fuerza política adopte toda la agenda histórica del movimiento LGBTIQ+ para utilizar determinados elementos de ella. Puede reconocer la existencia de homosexuales, aceptar determinadas libertades o presentar a una figura LGBTIQ+ como representante del partido y, simultáneamente, utilizar los derechos sexuales como argumento contra inmigrantes o minorías religiosas.

Esa paradoja también explica por qué la presencia de una dirigente lesbiana no convierte automáticamente a la AfD en un partido favorable a todos los derechos LGBTIQ+. La investigación sobre el partido ha documentado posiciones contrarias al matrimonio entre personas del mismo sexo y debates internos sobre educación sexual, género y familia. El caso de Weidel muestra, por tanto, que orientación sexual y programa partidista no necesariamente coinciden.

El mecanismo puede resumirse así: “nosotros protegemos la libertad sexual; ellos la amenazan”. En esa fórmula, la homosexualidad se transforma en una frontera cultural. La pertenencia nacional empieza a asociarse con determinados valores sexuales y, en consecuencia, determinadas poblaciones extranjeras pueden ser presentadas no solamente como diferentes, sino como incompatibles con la nación que se pretende proteger.

Esto permite comprender por qué el homonacionalismo puede funcionar como complemento de una guerra cultural. Mientras la guerra cultural organiza un conflicto alrededor de valores, el homonacionalismo puede aportar un argumento concreto sobre quién representa esos valores. El debate deja de ser únicamente “familia tradicional contra derechos LGBTIQ+” y puede convertirse también en “sociedad occidental tolerante contra extranjero, musulmán o cultura considerada intolerante”.

En ese sentido, el homonacionalismo no elimina la guerra cultural: puede reorganizarla. Una fuerza política que enfrenta dificultades para presentarse como defensora de las minorías sexuales puede intentar apropiarse de una parte del lenguaje de los derechos LGBTIQ+ para dirigir la confrontación hacia otro grupo. La investigación comparada sobre la derecha radical europea ha identificado precisamente esa utilización de los derechos de gays y lesbianas dentro de discursos antiinmigración.

El fenómeno no está restringido a Alemania. Otra vertiente de la discusión académica se encuentra en la relación entre Israel, Palestina y las representaciones internacionales de los derechos LGBTIQ+. En este contexto aparece el término “pinkwashing”, utilizado por investigadores y activistas para describir la promoción de Israel como un Estado especialmente liberal y favorable a las personas LGBTIQ+ mientras se cuestionan sus políticas hacia los palestinos.

Aquí es necesario establecer una diferencia. Israel cuenta efectivamente con derechos y espacios de reconocimiento para personas LGBTIQ+, y la existencia de esos derechos no depende de la teoría del pinkwashing. La discusión académica se refiere a otra cuestión: qué ocurre cuando esos avances son utilizados como parte de una imagen nacional destinada a producir un contraste político con los países y sociedades de su entorno.

Esa imagen ha sido estudiada desde hace años. Investigaciones sobre sexualidad y política israelí han analizado la promoción de Israel como un Estado liberal y sexualmente progresista frente a un Oriente Medio presentado de manera generalizada como conservador u homófobo. El concepto de homonacionalismo permite estudiar precisamente esa construcción de un “yo” nacional progresista frente a un “otro” orientalizado.

En esa construcción, Palestina puede quedar representada de manera homogénea como un espacio atrasado, especialmente cuando se habla de las personas LGBTIQ+ palestinas. Organizaciones queer palestinas como alQaws han criticado esa representación porque, según su interpretación, reduce a los palestinos a la imagen de víctimas de una cultura supuestamente homófoba y presenta a Israel como único espacio posible de libertad sexual.

El argumento alcanza también a las poblaciones musulmanas en general cuando se extrapolan determinadas prácticas, discursos o movimientos fundamentalistas a comunidades enteras. Ese salto es precisamente uno de los aspectos que la literatura sobre homonacionalismo e islamofobia intenta examinar: la transformación de problemas reales de discriminación sexual en una explicación cultural totalizante sobre el islam o sobre las personas musulmanas.

La distinción importa porque no existe una única posición musulmana frente a los derechos LGBTIQ+. Dentro de sociedades musulmanas conviven gobiernos, movimientos religiosos, organizaciones feministas, activistas LGBTIQ+, personas seculares y comunidades con posiciones muy diferentes. Convertir esa diversidad en una sola categoría política —“los musulmanes son homófobos”— facilita la construcción del adversario que necesita una guerra cultural.

En el caso palestino ocurre algo similar. Existen debates internos sobre sexualidad, género y derechos LGBTIQ+, pero también existe una comunidad queer palestina organizada que ha cuestionado tanto la homofobia como la instrumentalización de su identidad por actores externos. La existencia de esas voces rompe con la representación de Palestina como una sociedad sin capacidad propia para producir movimientos de transformación.

Esa crítica es central para comprender el concepto de pinkwashing. Para alQaws, el problema no consiste en negar los avances LGBTIQ+ existentes en Israel, sino en cuestionar que esos avances sean utilizados para construir una oposición automática entre un Israel “liberal” y unos palestinos “atrasados”. La organización sostiene que esa representación borra las voces de los propios palestinos LGBTIQ+ y reduce su experiencia a la condición de víctimas necesitadas de salvación externa.

La literatura académica también ha examinado esta tensión. Un estudio publicado en 2026 sobre los derechos LGBTIQ+ palestinos sostiene que los discursos homonacionalistas pueden convertir un marco occidental de derechos sexuales en una herramienta para clasificar a unos actores como “progresistas” y a otros como “atrasados”. El estudio analiza además cómo esas categorías pueden terminar afectando incluso a los propios debates internos de las comunidades palestinas.

Esto no significa que toda defensa de los derechos LGBTIQ+ en Israel sea pinkwashing ni que toda crítica a la situación de las personas LGBTIQ+ en Palestina sea parte de una campaña contra los palestinos. Ambas afirmaciones serían demasiado amplias. El concepto sirve para estudiar situaciones concretas en las que el lenguaje de la libertad sexual es integrado a una narrativa nacional, diplomática o propagandística con una determinada función política.

También existe debate académico sobre los límites del propio concepto de homonacionalismo. Jason Ritchie, por ejemplo, ha cuestionado algunas formulaciones de la teoría y ha advertido que la categoría puede volverse demasiado amplia cuando se utiliza para explicar diferentes posiciones dentro del conflicto Israel-Palestina. Esa discusión es relevante porque muestra que homonacionalismo no es un diagnóstico automático, sino una herramienta interpretativa sometida a debate.

Algo similar ocurre con el término pinkwashing. Algunos estudios lo utilizan para describir una estrategia de comunicación estatal; otros advierten que puede simplificar una realidad en la que existen tanto avances genuinos en derechos LGBTIQ+ como controversias sobre su utilización política. Por eso, para analizar un caso concreto es necesario identificar qué se dijo, quién lo dijo, en qué contexto y qué políticas fueron asociadas a ese discurso.

La conexión con la guerra cultural vuelve a aparecer en este punto. Cuando los derechos LGBTIQ+ se convierten en un indicador de pertenencia nacional, pueden pasar de ser una cuestión de igualdad jurídica a convertirse en un instrumento para clasificar culturas. “Lo nuestro” se presenta como tolerante; “lo ajeno” como intolerante. La disputa deja entonces de limitarse a derechos concretos y adquiere una dimensión identitaria y civilizatoria.

Esa estructura puede ser políticamente útil porque permite combinar asuntos que antes estaban separados: inmigración, seguridad, religión, sexualidad, identidad nacional y defensa de fronteras. El caso de Weidel muestra cómo un discurso sobre la seguridad de las personas LGBTIQ+ puede conectarse con una agenda antiinmigración. Los debates sobre Israel y Palestina muestran otra variante, en la que la reputación de un Estado respecto de los derechos sexuales puede convertirse en un elemento de su representación internacional.

El riesgo analítico aparece cuando la defensa de las personas LGBTIQ+ termina subordinada a la construcción de un enemigo colectivo. En ese escenario, los homosexuales pueden ser presentados como ciudadanos que deben ser protegidos, mientras otros grupos son definidos por sus supuestas características culturales. El resultado puede ser una jerarquía entre derechos y sujetos: unas libertades se convierten en emblema nacional mientras otras desigualdades quedan fuera de la discusión.

Por eso, el homonacionalismo puede entenderse como uno de los puntos de encuentro entre identidad sexual, nacionalismo y guerra cultural. El caso de Alice Weidel muestra cómo una identidad LGBTIQ+ puede convivir con un discurso antiinmigración y ser utilizada para definir al “otro” musulmán. El debate Israel-Palestina muestra cómo esa misma estructura puede ser estudiada en la construcción de una imagen de Israel como sociedad sexualmente liberal frente a Palestina y otros espacios árabes. En ambos casos, la pregunta central no es si los derechos LGBTIQ+ son reales, sino qué ocurre cuando esos derechos dejan de presentarse únicamente como derechos y comienzan a funcionar como fronteras políticas entre un “nosotros” y un “ellos”.

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