He pensado mucho en la libertad.
Durante años aprendí a reconocerla como aquello que aparece cuando logramos romper una barrera: cuando podemos decir que no, salir de un lugar, cuestionar una regla, elegir otro camino o dejar de aceptar aquello que nos lastima. La libertad parecía estar siempre al otro lado de algo que debíamos superar.
Pero últimamente he comenzado a descubrir otra forma de libertad, mucho menos romántica y, quizás, más difícil de ejercer: la libertad de hacerse cargo.
Porque llega un momento en que nadie te está persiguiendo. Nadie te está calificando. Nadie está diciéndote exactamente qué hacer ni poniendo una consecuencia inmediata frente a cada decisión. Y entonces, aquello que tanto deseábamos puede sentirse extrañamente incómodo.
¿Qué hago con mi tiempo cuando nadie lo controla? ¿Qué aprendo cuando nadie me obliga? ¿Qué termina cuando nadie me exige entregarlo? ¿Qué decisión tomó cuando nadie puede garantizarme que será la correcta?
Hay algo desconcertante en descubrir que la ausencia de presión no siempre se traduce en tranquilidad. A veces, cuando desaparecen las instrucciones, también desaparecen las excusas. Ya no podemos atribuir cada decisión a una autoridad, una obligación o una expectativa ajena. Nos encontramos frente a nuestras propias elecciones y a la incertidumbre que las acompaña.
He comenzado a pensar que desaprender también pasa por ahí. Por reconocer cuánto de nuestra disciplina fue construida desde el miedo al fracaso, al castigo, a la desaprobación o a decepcionar a otros. Cuántas veces confundimos la responsabilidad con la obediencia y el compromiso con la necesidad de demostrar que somos suficientes.
Quizás no todo lo que nos transforma tiene que doler. No todo reto necesita convertirse en crisis. No toda disciplina necesita miedo. No todo aprendizaje necesita vigilancia.
Pero quitar la presión no significa quitar la responsabilidad.
Tal vez una parte de crecer —como artista, como creadora y, simplemente, como persona— consiste en dejar de necesitar que algo nos amenace para decidir que merece nuestra atención. Aprender a construir compromisos que no dependan exclusivamente de las exigencias externas, sino también del sentido que encontramos en aquello que hacemos.
Investigar porque quiero comprender. Practicar porque quiero crecer. Descansar porque reconozco mis límites. Cumplir porque di mi palabra. Cambiar de dirección porque he comprendido que algo ya no me sirve.
Y aceptar también las consecuencias de mis decisiones.
Eso no significa que debamos poder con todo. Hacerse cargo no es cargar el mundo sobre los hombros ni convertir cada minuto de libertad en una obligación de producir. También implica reconocer cuándo necesitamos ayuda, cuándo debemos detenernos y cuándo una decisión, aunque haya sido nuestra, merece ser reconsiderada.
“Quizás no todo lo que nos transforma tiene que doler. No todo reto necesita convertirse en crisis. No toda disciplina necesita miedo. No todo aprendizaje necesita vigilancia.”
Quizás la autonomía no consiste en tener siempre las respuestas, sino en aprender a vivir sin la garantía de que nuestras elecciones serán correctas. En permitirnos equivocarnos sin convertir cada error en una condena y asumir nuestras responsabilidades sin hacer del miedo el motor de nuestra existencia.
Cada vez me interesa menos una libertad entendida solamente como ausencia de límites. Me interesa otra, menos visible, que no siempre llega acompañada de grandes rupturas o declaraciones de independencia.
La libertad de elegir qué hago con mi vida cuando finalmente nadie está decidiendo por mí. La de comprender que puedo construir mis propios compromisos sin necesitar una amenaza detrás de cada uno.
Tal vez hacerse cargo también sea una forma de ser libre.






