¿Qué significa ser colombiano cuando Colombia ya no es el único hogar?

Para algunas personas, esa transformación se manifiesta en la cocina. Para otras, aparece en el arte, en la comunidad o en la necesidad de crear espacios donde la memoria pueda mantenerse viva. Lo que antes parecía una identidad única comienza a multiplicarse - Foto: Julieth Cabral

Para algunas personas, esa transformación se manifiesta en la cocina. Para otras, aparece en el arte, en la comunidad o en la necesidad de crear espacios donde la memoria pueda mantenerse viva. Lo que antes parecía una identidad única comienza a multiplicarse - Foto: Julieth Cabral

Durante años, la identidad colombiana estuvo ligada a un territorio, un acento y una forma particular de entender el mundo. Sin embargo, millones de personas han construido sus vidas lejos del país donde nacieron y han descubierto que pertenecer también puede significar habitar varios lugares al mismo tiempo.

Existe una pregunta que acompaña a muchas personas migrantes y que rara vez se formula en voz alta.

¿En qué momento dejamos de pertenecer completamente al lugar del que venimos sin llegar a pertenecer del todo al lugar donde vivimos?

Durante mucho tiempo, la identidad colombiana pareció una certeza. Estaba en la ciudad donde crecimos, en la comida que preparaban nuestras familias, en las montañas que rodeaban el camino al colegio y en las conversaciones cotidianas que daban forma a nuestra manera de entender el mundo.

Pero la migración altera esas certezas.

Con el paso de los años, quienes viven lejos de Colombia descubren que la identidad deja de ser una condición fija y comienza a convertirse en un territorio en movimiento.

Colombia sigue existiendo.

Existe en las arepas que una madre prepara en Massachusetts y en las videollamadas de los domingos con la familia que permanece en Bogotá. Está en la música que acompaña los inviernos, en los libros escritos al otro lado del continente y en las semillas que germinan lejos de la tierra donde nacieron.

También existe en las personas que aprenden a vivir entre dos idiomas y dos culturas.

En los niños que cambian del inglés al español sin darse cuenta.

En quienes celebran las fiestas tradicionales mientras intentan comprender nuevas costumbres.

En quienes, después de muchos años fuera del país, descubren que ya no son exactamente quienes eran cuando se fueron.

La experiencia migratoria obliga a construir nuevas formas de pertenecer.

Para algunas personas, esa transformación se manifiesta en la cocina. Para otras, aparece en el arte, en la comunidad o en la necesidad de crear espacios donde la memoria pueda mantenerse viva. Lo que antes parecía una identidad única comienza a multiplicarse.

Ser colombiano deja de ser únicamente una cuestión de geografía.

Se convierte en una práctica cotidiana.

Es recordar una receta.

Explicar una expresión que no existe en otro idioma.

Buscar ingredientes en mercados lejanos.

Llamar a la familia.

Contar historias a los hijos.

Intentar conservar aquello que nos formó mientras aprendemos a convivir con aquello que nos transforma.

Sin embargo, la distancia también produce preguntas incómodas.

¿Quiénes somos después de tantos años lejos del país?

¿Hasta qué punto cambian nuestras ideas, nuestras costumbres y nuestras formas de entender la vida?

¿Existe una única manera de ser colombiano?

La diáspora parece ofrecer una respuesta distinta.

Ser colombiano no consiste en conservar intacta una identidad construida en el pasado. Consiste, más bien, en permitir que esa identidad dialogue con nuevos territorios, nuevas experiencias y nuevas comunidades.

Lejos de desaparecer, Colombia se expande.

Habita en Massachusetts, en Chile, en España, en Canadá y en cualquier lugar donde alguien continúe preparando una receta familiar, hablando con sus seres queridos o creando un espacio para compartir aquello que aprendió en su tierra.

Quizá por eso la pregunta correcta no sea si la migración debilita la identidad colombiana.

Tal vez la verdadera pregunta sea otra.

¿Qué nuevas formas de ser colombianos están naciendo lejos de Colombia?

La respuesta todavía está en construcción.

Se escribe en las llamadas de los domingos, en los talleres comunitarios, en las despedidas, en las canciones y en los pequeños rituales cotidianos que miles de personas repiten para no olvidar de dónde vienen.

Porque, al final, pertenecer no siempre significa permanecer en un solo lugar.

A veces significa aprender a construir un hogar allí donde la vida nos llevó, sin dejar de reconocer las raíces que todavía sostienen nuestra historia.

Y quizá eso sea, precisamente, lo que significa ser colombiano cuando Colombia ya no es el único hogar.

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