El primer gran movimiento del gobierno de Abelardo de la Espriella en materia de seguridad ya está definido: una renovación de la cúpula militar que combina el regreso de oficiales que habían salido del servicio durante la administración de Gustavo Petro con ascensos de mandos que ya hacían parte de la estructura activa. La nueva línea de mando estará encabezada por el general Erick Rodríguez Aparicio, designado comandante general de las Fuerzas Militares.
El nombramiento de Rodríguez es, precisamente, el símbolo más evidente de la ruptura que busca marcar el nuevo Gobierno. El oficial había sido subjefe de Estado Mayor de Operaciones Conjuntas y segundo comandante del Ejército, pero salió del servicio en junio, en medio de una controversia relacionada con sus denuncias sobre presiones y presuntos mecanismos de control de grupos armados ilegales sobre comunidades de Meta y Guaviare.
Ahora, apenas unos meses después de aquella salida, Rodríguez regresará a la institución para ocupar el máximo cargo dentro de la jerarquía militar. Su designación supone, por tanto, no solo un cambio de comandante, sino una reivindicación política y profesional de un oficial cuya salida se convirtió en uno de los episodios más discutidos de la relación entre el gobierno Petro y la cúpula militar.
Junto a Rodríguez estará el general Carlos Carrasquilla, designado jefe de Estado Mayor Conjunto de las Fuerzas Militares. Desde esa posición se convertirá en una de las principales figuras de la nueva cadena de mando y tendrá un papel central en la coordinación estratégica y operacional de las distintas fuerzas.
Carrasquilla representa, a diferencia de Rodríguez, una apuesta por un oficial que venía de ocupar posiciones relevantes dentro de la estructura de mando. Su trayectoria incluye responsabilidades en unidades operacionales, brigadas y comandos conjuntos, por lo que su llegada al Estado Mayor Conjunto combina continuidad institucional con el nuevo diseño político que pretende imponer el Gobierno.
En el Ejército Nacional, el presidente designó al general José Bertulfo Soto como nuevo comandante. Soto venía de ejercer como comandante de la Quinta División y su nombramiento representa un ascenso desde la estructura activa hacia la conducción de la principal fuerza terrestre del país.
La segunda comandancia del Ejército quedará en manos del brigadier general Rodolfo Morales Franco, otro oficial que procede de la línea de mando institucional. Entre sus antecedentes figura el comando de la Décima Tercera Brigada, una de las unidades estratégicas por su jurisdicción en Bogotá y zonas de Cundinamarca.
El otro gran regreso dentro de la reorganización es el del general Óscar Leonel Murillo, quien volverá al servicio activo para asumir la dirección de la Escuela Superior de Guerra. Su retorno refuerza la idea de que De la Espriella no quiso limitar la renovación a promociones internas, sino recuperar a oficiales que habían salido durante la administración anterior.
Murillo cuenta con experiencia como comandante de la Séptima División, de la Fuerza de Tarea Conjunta Titán en Chocó y de la Décima Primera Brigada en Córdoba, además de otros cargos de planeación y operaciones. Desde la Escuela Superior de Guerra tendrá influencia en la formación y el pensamiento estratégico de los altos mandos.
La Fuerza Aeroespacial Colombiana estará comandada por el mayor general Alfonso Lozano Ariza, mientras que el vicealmirante Camilo Ernesto Segovia Forero asumirá el mando de la Armada Nacional. Ambos nombramientos completan la nueva estructura de las Fuerzas Militares bajo el liderazgo de Rodríguez.
La composición de la cúpula muestra así una fórmula de dos velocidades. Por un lado, están los reintegros de Rodríguez y Murillo, dos oficiales que regresan al servicio para asumir cargos estratégicos. Por el otro, aparecen mandos que ya pertenecían a la estructura militar y que ahora ascienden o cambian de responsabilidad dentro de la nueva línea de mando.
El mensaje político de esa combinación es claro: el Gobierno busca evitar la imagen de una ruptura absoluta con toda la institucionalidad militar, pero al mismo tiempo pretende marcar distancia frente a las decisiones de la administración Petro que llevaron a la salida de algunos altos oficiales. El regreso de Rodríguez al máximo cargo militar es la expresión más visible de esa decisión.
La reorganización ocurre en un contexto de deterioro de la seguridad en distintas regiones, con presencia de disidencias, ELN, Clan del Golfo y otras estructuras criminales. La nueva cúpula tendrá que traducir el discurso del Gobierno en operaciones y resultados en territorios donde los grupos armados mantienen capacidad de control y presión sobre la población.
La seguridad, de hecho, se perfila como uno de los ejes sobre los cuales De la Espriella busca diferenciarse de su antecesor. La llegada de oficiales con experiencia en operaciones militares y el regreso de mandos retirados sugieren una apuesta por una conducción más cercana a una estrategia ofensiva contra las organizaciones armadas y las economías ilegales.
Pero los cambios también podrían tener consecuencias dentro de las propias Fuerzas Militares. Cada modificación en la parte superior de la jerarquía altera la línea de antigüedad y puede provocar solicitudes de retiro o la salida de oficiales que queden por encima de los nuevos comandantes en el escalafón.
Ese efecto es particularmente sensible en el Ejército, donde la llegada de un nuevo comandante puede desencadenar un reacomodamiento más amplio en las divisiones, brigadas y unidades estratégicas. La renovación de la cúpula, por tanto, podría ser apenas la primera fase de una transformación más profunda en la estructura de mando.
El cambio tampoco se limita a las Fuerzas Militares. El Gobierno ya había iniciado una reorganización paralela en la Policía Nacional, donde fueron reintegrados al servicio activo los generales Jesús Alejandro Barrera Peña, Jaime Norberto Mujica y Ricardo Augusto Alarcón Campos, quienes asumieron posiciones en la nueva dirección de la institución.
Con Barrera como director de la Policía, Mujica como subdirector y Alarcón al frente de la Jefatura Nacional del Servicio de Policía, la administración De la Espriella completa una recomposición simultánea de las dos grandes estructuras de la Fuerza Pública: las Fuerzas Militares y la Policía.
El resultado es una cúpula construida sobre una mezcla de reintegros y continuidad, pero con una orientación política inequívoca. El Gobierno no solo escogió nuevos comandantes: decidió recuperar a oficiales cuya salida había generado controversia y entregarles posiciones centrales dentro del nuevo aparato de seguridad.
La principal prueba comenzará ahora. Rodríguez, Carrasquilla, Soto, Morales, Murillo, Lozano y Segovia tendrán que demostrar si la renovación de nombres puede traducirse en resultados frente a la expansión de los grupos armados y las organizaciones criminales. Para De la Espriella, la nueva cúpula militar no será únicamente un cambio administrativo: será una de las primeras mediciones de su promesa de romper con la política de seguridad del gobierno anterior y recuperar la iniciativa del Estado en los territorios.





