De la sinagoga a los Altos del Golán: el giro de De la Espriella hacia Israel y la nueva identidad religiosa de su Gobierno

La escena adquiere relevancia porque Bet-El no es simplemente un lugar de encuentro político. Es una sinagoga de tradición masortí o conservadora, construida en 1964, donde se celebran los principales acontecimientos del calendario judío. De la Espriella llegó allí durante Rosh Hashaná, el Año Nuevo judío, y presentó su presencia como una expresión de respeto, afecto y fraternidad hacia la comunidad judía colombiana - Foto: Captura Vídeo

La escena adquiere relevancia porque Bet-El no es simplemente un lugar de encuentro político. Es una sinagoga de tradición masortí o conservadora, construida en 1964, donde se celebran los principales acontecimientos del calendario judío. De la Espriella llegó allí durante Rosh Hashaná, el Año Nuevo judío, y presentó su presencia como una expresión de respeto, afecto y fraternidad hacia la comunidad judía colombiana - Foto: Captura Vídeo

La visita del presidente Abelardo de la Espriella a la sinagoga Bet-El de Barranquilla no fue solamente un gesto de acompañamiento religioso. Durante la celebración de Rosh Hashaná, el mandatario aprovechó su presencia ante la comunidad judía para reafirmar una posición política que ya había aparecido durante la campaña: “Nunca voy a dejar de defender a Israel”, dijo, al tiempo que llamó a judíos y cristianos a defender valores como la fe, la vida, la familia, la dignidad humana, la justicia y la paz.

La escena adquiere relevancia porque Bet-El no es simplemente un lugar de encuentro político. Es una sinagoga de tradición masortí o conservadora, construida en 1964, donde se celebran los principales acontecimientos del calendario judío. De la Espriella llegó allí durante Rosh Hashaná, el Año Nuevo judío, y presentó su presencia como una expresión de respeto, afecto y fraternidad hacia la comunidad judía colombiana.

El presidente, además, habló de la necesidad de recuperar la cercanía entre la Presidencia de la República y la población judía. Esa frase resulta políticamente significativa porque convierte la visita en algo más que una participación personal en una celebración religiosa: plantea una relación institucional que el nuevo Gobierno considera necesario reconstruir.

La cercanía tampoco comenzó con la visita a Bet-El. Durante la campaña, De la Espriella ya había hablado públicamente de sus vínculos con la comunidad judía. En mayo, al explicar su posición frente a las religiones, afirmó que era católico pero que tenía una “visión ecuménica” y aseguró que había participado en rezos con la comunidad judía, algo que describió positivamente.

Pero en aquella misma entrevista apareció un contraste que resulta difícil ignorar al analizar la visita de septiembre. Cuando se le preguntó por el islam, De la Espriella respondió que esa religión le parecía “una gran amenaza para la humanidad”. El candidato afirmó respetar las distintas creencias, pero vinculó la expansión del islam con el fundamentalismo y el radicalismo, y recurrió incluso a referencias de la escritora italiana Oriana Fallaci para sustentar su posición.

La diferencia no permite afirmar por sí sola que exista una política de discriminación religiosa desde la Presidencia. Pero sí permite observar una asimetría discursiva: mientras el mandatario habla de cercanía, afecto y fraternidad con la comunidad judía, durante la campaña caracterizó al islam en términos de amenaza.

El contraste resulta particularmente llamativo en Barranquilla. La propia Alcaldía ha descrito la ciudad como un espacio de diversidad étnica y cultural y ha señalado la presencia de comunidades musulmanas y judías. Según las cifras divulgadas por el Distrito, alrededor de 6.000 personas profesaban la religión musulmana frente a unas 1.000 que profesaban el judaísmo.

Por eso aparece una pregunta política que todavía no tiene una respuesta pública: si De la Espriella se presenta como un presidente con una “visión ecuménica”, ¿por qué su primer gesto público de acercamiento religioso en Barranquilla ocurre ante una sinagoga y no se conoce un encuentro equivalente con la comunidad musulmana?

La pregunta no significa que un presidente tenga la obligación de visitar proporcionalmente cada lugar de culto de una ciudad. Tampoco implica que una visita a una sinagoga sea cuestionable por sí misma. Lo relevante es la combinación entre el contexto, los antecedentes discursivos del mandatario y el mensaje que escogió transmitir desde ese lugar.

De hecho, la visita habría tenido una lectura diferente si De la Espriella se hubiera limitado a acompañar a la comunidad judía durante Rosh Hashaná. Pero el presidente utilizó el escenario para reiterar que siempre defenderá a Israel y para vincular esa defensa con una concepción de valores compartidos entre judíos y cristianos.

Ahí es necesario establecer una distinción que suele perderse en el debate político. Judaísmo, sionismo e Israel no son conceptos equivalentes. El judaísmo es una religión y una tradición histórica; el sionismo es un conjunto de corrientes políticas que defienden la autodeterminación nacional judía; e Israel es un Estado. Una persona judía no tiene por definición una única posición política sobre Israel, del mismo modo que un no judío puede ser sionista.

Por eso sería impreciso decir que la visita a Bet-El demuestra por sí sola que De la Espriella es sionista. Lo que sí puede analizarse es el conjunto de posiciones del mandatario: su defensa explícita de Israel, sus acercamientos con la comunidad judía, su discurso sobre el islam y una política exterior que ha producido cambios de gran alcance en las relaciones entre Colombia e Israel.

Ese giro diplomático comenzó incluso antes de la visita a Barranquilla. Durante la campaña, De la Espriella prometió restablecer las relaciones con Israel después de la ruptura anunciada por Gustavo Petro en 2024. Petro había decidido romper las relaciones diplomáticas con Israel a partir de mayo de ese año y había dejado claro que la decisión estaba dirigida contra el Gobierno israelí y no contra el pueblo de Israel ni las comunidades judías.

Con De la Espriella, el sentido de la política exterior cambió rápidamente. En julio, el canciller designado Omar Bula se reunió en Washington con el ministro israelí de Relaciones Exteriores, Gideon Sa’ar, en un encuentro presentado como parte del restablecimiento de las relaciones y de una nueva etapa de cooperación en comercio, seguridad y tecnología.

Después llegó una decisión mucho más significativa: Colombia reconoció la soberanía de Israel sobre los Altos del Golán. El territorio fue ocupado por Israel a Siria durante la Guerra de los Seis Días de 1967 y posteriormente anexado por Israel, una medida que no ha sido reconocida por la mayor parte de la comunidad internacional. El Gobierno de Trump había sido el único entre los grandes aliados occidentales en reconocer esa soberanía antes de la decisión colombiana.

El movimiento colombiano no fue, por tanto, una simple normalización de relaciones diplomáticas. Supuso adoptar una posición sobre una de las disputas territoriales más sensibles de Oriente Medio que coincidía con la posición de Washington bajo Trump y con la del Gobierno de Benjamín Netanyahu. La decisión fue cuestionada por analistas que advirtieron sobre sus posibles costos diplomáticos frente a países árabes y en Naciones Unidas.

El Gobierno también anunció el traslado de la embajada colombiana a Jerusalén, una decisión que Israel presentó como un “histórico” paso del nuevo presidente colombiano. El canciller israelí Gideon Sa’ar agradeció expresamente a De la Espriella la decisión y destacó que Colombia reconocería a Jerusalén como capital de Israel.

Ese anuncio es especialmente relevante porque Jerusalén constituye uno de los puntos más sensibles del conflicto israelí-palestino. Trasladar una embajada allí no es una decisión diplomática neutra: supone adoptar una posición sobre el estatus de la ciudad que durante décadas ha sido objeto de una política internacional mucho más cautelosa.

A ello se sumó en agosto la decisión de restablecer la exención de visa entre Colombia e Israel. Israel había vuelto a exigir visa a los colombianos en 2025, pero los dos Gobiernos acordaron restablecer la exención en 2026. La medida fue presentada por la Cancillería colombiana como parte del fortalecimiento de las relaciones bilaterales.

La suma de esas decisiones —restablecimiento de relaciones, acercamiento político, reconocimiento de los Altos del Golán, traslado anunciado de la embajada a Jerusalén y eliminación del requisito de visa— permite hablar de un giro profundo de la política colombiana frente a Israel.

Ese giro también debe observarse dentro del acercamiento simultáneo de De la Espriella a Donald Trump. Colombia ingresó al denominado Escudo de las Américas y profundizó su cooperación con Estados Unidos en seguridad, narcotráfico, migración, minerales estratégicos y energía nuclear durante la visita de Marco Rubio a Barranquilla.

Por eso la comparación con Trump y Javier Milei puede ser útil, siempre que se haga con precisión. No se trata de afirmar que De la Espriella tenga exactamente la misma concepción del sionismo que ellos. La coincidencia observable está en que Israel aparece dentro de una construcción política más amplia vinculada con seguridad, valores conservadores, defensa de Occidente y una relación privilegiada con Washington.

Milei ha hecho del respaldo a Israel una parte explícita de su identidad política y ha utilizado incluso la autodefinición como uno de los mandatarios más sionistas del mundo. Trump, por su parte, convirtió durante su primer Gobierno decisiones como el reconocimiento de Jerusalén como capital de Israel y de la soberanía israelí sobre los Altos del Golán en pilares de su política hacia Oriente Medio.

En De la Espriella todavía sería excesivo reducir todo su proyecto político al sionismo. Pero sí puede sostenerse que la defensa de Israel está adquiriendo un lugar visible dentro de su nueva identidad política, y que algunas de sus decisiones diplomáticas han ido más lejos que una relación bilateral convencional.

La visita a Bet-El encaja en ese proceso. El presidente no acudió únicamente a un espacio religioso: lo convirtió en escenario para ratificar su respaldo a Israel. Esa elección conecta el componente religioso de su discurso con una política exterior que ha tomado decisiones favorables a Israel en asuntos altamente sensibles.

La ausencia de una relación pública equivalente con la comunidad musulmana vuelve más relevante el antecedente de su declaración durante la campaña. En una ciudad con una importante presencia musulmana, y mientras el presidente reivindica una “visión ecuménica”, permanece abierta la pregunta sobre si su pluralismo religioso se expresa de manera equivalente frente a las distintas comunidades.

La cuestión de fondo, entonces, no es por qué De la Espriella visitó una sinagoga. Es legítimo que un presidente acompañe a una comunidad religiosa durante una celebración. La pregunta es qué lugar ocupa esa comunidad dentro de la nueva construcción simbólica del poder y por qué esa cercanía aparece acompañada de una defensa política tan explícita de Israel.

También importa qué ocurre con las comunidades que no encajan con esa narrativa. El islam aparece en el discurso de campaña de De la Espriella asociado a una amenaza civilizatoria, mientras Israel aparece asociado a la defensa de valores que el presidente comparte con sectores cristianos y judíos. Esa diferencia merece ser examinada sin confundir a los musulmanes con el islamismo radical ni a los judíos con el Gobierno israelí.

En ese punto, la discusión entra de lleno en la llamada “guerra cultural”. La disputa no consiste solamente en reformas legales o económicas. También se libra sobre cuáles religiones, valores, países y símbolos son presentados como parte de la identidad nacional y cuáles aparecen asociados a amenazas, riesgos o adversarios.

La nueva política exterior colombiana puede ser leída, por tanto, como parte de una transformación más amplia del discurso presidencial. Israel deja de ser solamente un socio internacional y empieza a aparecer como un referente político; Estados Unidos deja de ser solamente un aliado estratégico y se convierte en el principal eje de la política exterior; y las referencias religiosas adquieren una presencia mucho mayor en la comunicación del Gobierno.

La visita a Bet-El es significativa precisamente porque concentra esas tres dimensiones en una sola escena: religión, identidad política y geopolítica. De la Espriella llega a una sinagoga durante Rosh Hashaná, reivindica una cercanía con la comunidad judía y, desde allí, declara que siempre defenderá a Israel.

El interrogante que queda abierto es si Colombia está simplemente restableciendo una relación diplomática que el Gobierno anterior había deteriorado o si está adoptando una nueva identidad internacional y cultural, más cercana al eje Trump-Milei-Netanyahu. Las decisiones sobre los Altos del Golán, Jerusalén, la embajada, las visas y la cooperación con Washington sugieren que el cambio no es solamente retórico.

En ese contexto, la ausencia de encuentros conocidos con comunidades musulmanas adquiere un significado que no puede resolverse con una explicación sobre la agenda presidencial. Es una pregunta que merece respuesta: ¿cómo entiende De la Espriella el “ecumenismo” que reivindicó durante la campaña y cómo se refleja esa visión en las relaciones de su Gobierno con las distintas comunidades religiosas de Colombia?

La respuesta permitirá determinar si la visita a Bet-El fue simplemente un gesto de convivencia religiosa o si forma parte de algo más amplio: la construcción de una identidad política en la que el cristianismo conservador, la defensa de Israel, el sionismo político, la seguridad y el alineamiento con Estados Unidos funcionan como elementos de una misma narrativa de poder.

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