Estados Unidos acaba de superar por primera vez la barrera de los USD 40 billones de deuda pública, consolidándose como el país con la mayor deuda soberana del mundo en términos nominales. El récord vuelve a poner sobre la mesa una pregunta que suele generar confusión: tener la mayor deuda en dólares no significa necesariamente ser el país más endeudado cuando se compara esa carga con el tamaño de la economía.
La cifra supera ampliamente la deuda nominal de cualquier otro país. La dimensión de la economía estadounidense y su capacidad para financiarse en dólares le han permitido acumular obligaciones a una escala sin precedentes, respaldadas además por el enorme mercado de bonos del Tesoro, considerado una pieza central del sistema financiero internacional.
Sin embargo, la cifra de USD 40 billones no responde por sí sola a la pregunta sobre la gravedad del endeudamiento. Para entender la situación fiscal de un país es necesario comparar la deuda con su capacidad de generar riqueza, y uno de los principales indicadores para hacerlo es la relación entre la deuda pública y el producto interno bruto.
Bajo esa medición, Estados Unidos deja de ocupar necesariamente el primer lugar. Japón es uno de los ejemplos más significativos: aunque su deuda total es inferior a la estadounidense, representa una proporción mucho mayor frente al tamaño de su economía y se mantiene entre las cargas de deuda pública más elevadas del mundo desarrollado.
Esta diferencia explica por qué las comparaciones internacionales pueden llevar a conclusiones distintas. Un país puede tener una deuda de varios billones de dólares y, al mismo tiempo, una economía suficientemente grande para que esa obligación represente una proporción menor de su producción anual.
Estados Unidos se encuentra precisamente en esa situación. Su deuda es la más grande del planeta en cifras absolutas, pero también pertenece a la mayor economía del mundo. Por ello, aunque su nivel de endeudamiento es elevado, otros países presentan una relación entre deuda y PIB superior a la estadounidense.
El problema para Washington, sin embargo, no está únicamente en el monto acumulado. Estados Unidos continúa registrando déficits fiscales, lo que significa que el Gobierno gasta más dinero del que recauda y debe recurrir al endeudamiento para financiar parte de sus obligaciones.
A esto se suma el incremento de los costos financieros. Una parte cada vez mayor del presupuesto federal debe destinarse al pago de intereses, y las tasas más altas hacen que refinanciar o emitir nueva deuda resulte más costoso que en los años de dinero barato.
El crecimiento del gasto en programas como Seguridad Social y salud también presiona las cuentas públicas. A medida que aumentan esas obligaciones y persisten los déficits, la deuda continúa creciendo, mientras el Gobierno debe encontrar compradores para una cantidad cada vez mayor de bonos del Tesoro.
Estados Unidos cuenta, no obstante, con una ventaja que pocos países poseen: puede endeudarse principalmente en su propia moneda. El dólar es la principal moneda de reserva internacional y los títulos del Tesoro estadounidense son utilizados por gobiernos, bancos centrales, fondos e inversionistas de todo el mundo.
Esa condición le otorga a Washington una capacidad de endeudamiento mucho mayor que la disponible para países que deben pedir préstamos en monedas extranjeras. Una crisis de confianza puede resultar mucho más peligrosa para una economía que tiene deudas denominadas en dólares o euros, porque no controla directamente la emisión de la moneda en la que debe pagar.
Pero esa ventaja tampoco elimina los riesgos. A medida que aumenta la deuda, también crece la sensibilidad de las finanzas públicas a las tasas de interés. Si los inversionistas exigen mayores rendimientos para comprar bonos estadounidenses, el costo de financiar al Gobierno puede aumentar de manera considerable.
El debate sobre los USD 40 billones se produce precisamente en un momento en el que economistas y organismos internacionales han advertido sobre la trayectoria fiscal de las principales economías desarrolladas. El aumento del gasto, el envejecimiento de la población y las mayores cargas de intereses están elevando los niveles de deuda pública en numerosos países.
Por eso, afirmar que Estados Unidos es “el país más endeudado del mundo” requiere una precisión. La frase es correcta si se habla del monto nominal total: ningún otro Estado acumula una deuda pública de la magnitud estadounidense. Pero la clasificación cambia cuando se mide qué porcentaje representa esa deuda frente a la economía nacional.
La comparación también demuestra que la cifra absoluta, aunque impactante, no es el único indicador relevante. La capacidad de pago, el crecimiento económico, los ingresos fiscales, las tasas de interés, la moneda en la que está denominada la deuda y la confianza de los mercados son factores que determinan la sostenibilidad de las finanzas públicas.
El récord de USD 40 billones representa, de todas formas, un nuevo hito para la economía estadounidense. La discusión ya no gira únicamente en torno a cuánto puede seguir creciendo la deuda, sino sobre cuánto costará financiarla y qué consecuencias tendrá el aumento de los intereses sobre el presupuesto federal.
Estados Unidos sigue teniendo herramientas financieras y monetarias excepcionales gracias al papel internacional del dólar y al tamaño de su economía. Sin embargo, la combinación de déficits persistentes, mayores costos de endeudamiento y obligaciones crecientes está aumentando la presión sobre las cuentas públicas.
Así, el nuevo récord deja una conclusión doble: Estados Unidos es el mayor deudor del planeta en términos absolutos, pero no necesariamente el país con la mayor carga de deuda en relación con su economía. El caso estadounidense demuestra que una cifra récord puede ser, al mismo tiempo, un símbolo de poder financiero y una advertencia sobre los límites de una trayectoria fiscal basada en déficits permanentes.






