Javier Giraldo, el jesuita que dedicó su vida a las víctimas y encontró los restos de Camilo Torres

Su trabajo lo convirtió en una voz incómoda para sectores del Estado, las Fuerzas Militares y grupos paramilitares. Giraldo denunció durante décadas los vínculos entre agentes estatales y estructuras armadas ilegales y documentó casos de violencia contra campesinos y defensores de derechos humanos - Foto: Unidad de Búsqueda de Personas Desaparecidas

Su trabajo lo convirtió en una voz incómoda para sectores del Estado, las Fuerzas Militares y grupos paramilitares. Giraldo denunció durante décadas los vínculos entre agentes estatales y estructuras armadas ilegales y documentó casos de violencia contra campesinos y defensores de derechos humanos - Foto: Unidad de Búsqueda de Personas Desaparecidas

El sacerdote jesuita Javier Giraldo Moreno murió este martes 25 de agosto de 2026, en Bogotá, a los 82 años. Su fallecimiento cierra una trayectoria de más de cinco décadas marcada por la defensa de los derechos humanos, el acompañamiento a víctimas del conflicto armado y la documentación de la violencia política en Colombia.

Giraldo falleció después de permanecer hospitalizado tras sufrir una caída en su vivienda el 17 de agosto. Su estado de salud se había deteriorado en los días posteriores al accidente y finalmente murió en el Hospital San Ignacio, en Bogotá.

Nacido en 1944, el jesuita hizo de la defensa de las víctimas una de las razones centrales de su vida sacerdotal. Su trabajo estuvo ligado durante décadas al Centro de Investigación y Educación Popular (CINEP), donde investigó violaciones de derechos humanos, violencia política, paramilitarismo y las responsabilidades de diferentes actores del conflicto.

Giraldo fue también fundador, en 1988, de la Comisión Intercongregacional de Justicia y Paz y posteriormente se desempeñó como secretario para América Latina del Tribunal Permanente de los Pueblos. Desde esos espacios acompañó comunidades golpeadas por la violencia y construyó archivos que terminaron convirtiéndose en una referencia para investigadores y organizaciones de derechos humanos.

Uno de los escenarios más importantes de su trabajo fue la Comunidad de Paz de San José de Apartadó, en Antioquia. Giraldo comenzó a acompañarla desde 1997 y documentó durante años los crímenes cometidos contra sus integrantes, incluidos los hechos ocurridos en 2005, cuando fueron asesinados el líder Luis Eduardo Guerra, varios miembros de su familia y otros habitantes de la comunidad.

Su trabajo lo convirtió en una voz incómoda para sectores del Estado, las Fuerzas Militares y grupos paramilitares. Giraldo denunció durante décadas los vínculos entre agentes estatales y estructuras armadas ilegales y documentó casos de violencia contra campesinos y defensores de derechos humanos.

Esa labor también tuvo consecuencias personales. El sacerdote recibió amenazas y fue objeto de seguimientos. Su posición crítica frente a la violencia estatal, el paramilitarismo y las actuaciones de otros actores armados lo convirtió en una figura controvertida, pero mantuvo como principio que su tarea era acompañar a las víctimas independientemente de quién hubiera cometido los crímenes.

Pero en los últimos años de su vida hubo otra búsqueda que terminó adquiriendo un significado especial: la de los restos de Camilo Torres Restrepo, el sacerdote, sociólogo y antiguo profesor universitario que murió en 1966 como integrante del ELN.

Giraldo tenía una relación intelectual y espiritual con la figura de Torres. Durante años estudió su pensamiento y defendió una lectura que trascendiera la etiqueta de “cura guerrillero”. Para él, Torres debía ser entendido también desde su propuesta cristiana, social y política, especialmente desde la idea del “amor eficaz” como compromiso con los sectores más vulnerables.

Camilo Torres murió el 15 de febrero de 1966 durante un combate con tropas de la Quinta Brigada del Ejército, en Santander. Tenía 37 años. Después de su muerte, el Ejército mantuvo en secreto durante décadas el lugar exacto donde habían quedado sus restos, lo que convirtió su cadáver en uno de los grandes símbolos de la memoria no resuelta del conflicto colombiano.

La búsqueda se prolongó durante décadas. Giraldo insistió en que la recuperación de los restos no era solamente un asunto relacionado con Camilo Torres, sino con el derecho de una persona desaparecida a tener una identificación y una sepultura digna y con el derecho de la sociedad a conocer la verdad sobre lo ocurrido.

En julio de 2022, Giraldo presentó formalmente ante la Unidad de Búsqueda de Personas dadas por Desaparecidas (UBPD) una solicitud para iniciar la búsqueda. El sacerdote se convirtió así en parte de lo que la entidad denomina la “familia social” de una persona desaparecida: quienes buscan a alguien sin tener necesariamente un vínculo de sangre con él.

La investigación finalmente llegó a buen puerto seis décadas después de la muerte de Torres. La UBPD adelantó en febrero de 2026 la entrega digna de sus restos, después de una investigación que permitió establecer su identidad. El hallazgo cerró uno de los capítulos pendientes de la historia del sacerdote que se convirtió en símbolo de la izquierda cristiana colombiana.

Giraldo tuvo un papel especial en ese momento. Fue la persona que recibió los restos de Camilo Torres en representación de esa familia social que durante años había mantenido viva la búsqueda. Para el jesuita, recuperar el cuerpo significaba devolverle a Torres un lugar en la memoria colectiva y cerrar una historia de desaparición que había comenzado seis décadas antes.

En una entrevista concedida poco después de la entrega, Giraldo insistió en que la figura de Torres no podía reducirse a sus meses dentro del ELN. Su interés estaba puesto también en recuperar su pensamiento, su trabajo social y su concepción del cristianismo como una práctica comprometida con la transformación de las condiciones de pobreza y exclusión.

La búsqueda de Camilo Torres fue, en ese sentido, una síntesis de la propia trayectoria de Giraldo. El jesuita dedicó buena parte de su vida a buscar a quienes habían quedado en el anonimato de la guerra, documentar sus historias y reclamar que sus nombres y sus circunstancias no fueran borrados por la violencia.

Su trabajo produjo además una extensa obra escrita. Entre sus investigaciones y publicaciones están trabajos sobre paramilitarismo, violencia política, derechos humanos y memoria histórica. También escribió sobre Camilo Torres; el CINEP recopiló en Camilo entonces y ahora frente a creyentes y agnósticos artículos que Giraldo produjo entre 2006 y 2016 sobre el pensamiento y la obra del sacerdote.

La muerte de Giraldo ocurre apenas seis meses después de que una de las búsquedas que marcó su existencia llegara a su fin. El sacerdote alcanzó a recibir los restos de Camilo Torres y a participar en el proceso de recuperación de su memoria antes de morir.

Su figura deja, sin embargo, opiniones enfrentadas. Para organizaciones de derechos humanos y comunidades víctimas fue un acompañante incansable y un testigo fundamental de la violencia. Para sectores políticos y militares que cuestionaron sus denuncias, su trabajo tenía una mirada excesivamente crítica hacia el Estado. Esa controversia hizo parte de su trayectoria pública durante décadas.

Pero incluso sus críticos reconocieron la dimensión de los archivos y testimonios que ayudó a preservar. En una Colombia marcada por miles de desapariciones y por la disputa permanente sobre la memoria del conflicto, Giraldo convirtió la documentación en una forma de resistencia y el acompañamiento a las víctimas en una tarea permanente.

Ahora, la muerte del jesuita deja una coincidencia cargada de simbolismo: Javier Giraldo murió después de encontrar a Camilo Torres. Durante años buscó los restos de un sacerdote que desapareció en medio de la guerra; al final de su propia vida pudo recibir su cuerpo, contribuir a devolverle una identidad y cerrar una búsqueda que había comenzado mucho antes de que existiera la Unidad de Búsqueda. Su legado queda ligado a esa idea: que incluso después de décadas, la memoria puede encontrar el camino de regreso hacia los desaparecidos.

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