Durante dos noches, el 2 y 3 de octubre, Bogotá tuvo dos escenarios para vivir la llegada de BTS. Uno estaba dentro del estadio El Campín, donde miles de personas asistieron a los conciertos de la gira Arirang. El otro se extendió por sus alrededores, donde se concentraron quienes, por distintas razones, no pudieron entrar.
Las dos fechas estaban agotadas y las autoridades distritales estimaban una asistencia superior a 53.000 personas por noche. El fenómeno, sin embargo, no terminó en las puertas del estadio.
En las calles cercanas a El Campín, mujeres de distintas generaciones se encontraron bajo el frío de Bogotá para hacer algo que, dentro de la cultura ARMY, tiene tanto valor como asistir al espectáculo: compartir la experiencia con otras personas que entienden las mismas canciones, los mismos símbolos y los mismos códigos.
Algunas habían conseguido una entrada. Otras no. Algunas llegaron desde otras ciudades y países. Otras viven en Bogotá. Algunas llevan años siguiendo a BTS y otras se acercaron al grupo recientemente. Pero afuera del estadio la diferencia dejó de importar durante unas horas.
El concierto podía escucharse desde los alrededores y, cuando comenzaban las canciones conocidas, las voces de las fanáticas se mezclaban con la música que llegaba desde el interior. Para quienes no tenían acceso al estadio, cantar se convirtió en otra manera de estar presentes. No fue simplemente esperar a que terminara el concierto. Era hacer comunidad alrededor del concierto.
Esa manera de relacionarse ayuda a entender una de las características más particulares de ARMY, el nombre con el que se identifica la comunidad mundial de seguidores de BTS. El fandom tiene códigos, palabras, objetos, rituales y formas de cooperación que se han reproducido en ciudades de distintos continentes.
Uno de ellos son los llamados freebies, pequeños regalos que los fans preparan para intercambiar con otros ARMY. Pueden ser stickers, pulseras, tarjetas, fotografías, llaveros, dulces, accesorios u objetos elaborados especialmente para una fecha determinada.
El intercambio no tiene necesariamente un valor económico importante. Su significado está en otra parte: darle algo a otra persona porque comparte la misma experiencia.
En Bogotá, esos freebies encontraron un escenario natural en las concentraciones alrededor de El Campín. Las fanáticas podían llegar sin boleto, pero no necesariamente llegaban sin nada que compartir.
La práctica forma parte de una cultura internacional en la que los conciertos de BTS funcionan también como espacios para conocer personas. Un ARMY puede viajar solo a una ciudad y terminar integrándose a un grupo de desconocidos a través de una canción, un photocard, una pulsera morada o un regalo preparado para la ocasión.
El lenguaje también ayuda a construir esa comunidad. Palabras como bias, bias wrecker, OT7, comeback, fanchant, ARMY Bomb y borahae forman parte de un vocabulario que permite que seguidores de países distintos puedan reconocerse entre sí.

El morado es probablemente el símbolo visual más extendido. Desde que V utilizó la expresión borahae —“I purple you”—, ese color pasó a representar el vínculo entre BTS y sus seguidores. En conciertos, reuniones y celebraciones, el morado aparece en ropa, accesorios, pancartas y luces.
Otro objeto central es el ARMY Bomb, el light stick oficial de BTS. En los conciertos puede sincronizarse con el sistema de iluminación del espectáculo, convirtiendo a miles de personas en parte de la escenografía. HYBE también estableció para Bogotá mecanismos de sincronización del light stick para las dos fechas de El Campín.
Dentro del estadio, esa sincronización crea una imagen colectiva. Afuera, la comunidad construyó otra. Sin ARMY Bomb necesariamente en las manos de todas, las fanáticas tenían sus voces, sus teléfonos, sus fotografías, sus regalos y, sobre todo, la posibilidad de reconocerse entre ellas.
También están los fan chants, los cantos coordinados que ARMY aprende para determinadas canciones. No se trata solamente de cantar las letras: existen momentos en los que el público responde con nombres, palabras o frases específicas. Weverse incluso publica guías oficiales para determinados conciertos y canciones.
En Bogotá, esa cultura del canto adquirió una dimensión particular entre quienes permanecieron afuera. Las canciones que llegaban desde El Campín servían como señal para que quienes estaban en los alrededores cantaran al mismo tiempo.
La escena tenía además un componente generacional. Aunque BTS comenzó su carrera en 2013 y buena parte de su público pertenece a generaciones jóvenes, ARMY no está compuesto por una sola edad. En los alrededores del estadio se encontraron adolescentes, jóvenes adultas y mujeres de otras generaciones unidas por una misma banda.
Esa diversidad también ayuda a explicar por qué el fandom no puede reducirse a la imagen de adolescentes que siguen a una agrupación de K-pop. La comunidad se ha expandido internacionalmente y ha creado sus propios espacios de encuentro, traducción, intercambio y organización.
Los cumpleaños de los siete integrantes son otro ejemplo. En diferentes ciudades, ARMY organiza reuniones, anuncios, cafés temáticos, exposiciones y campañas. En ocasiones, esos proyectos terminan convirtiéndose en iniciativas de donación o ayuda social.
La campaña LOVE MYSELF, desarrollada por BTS, BIGHIT MUSIC y UNICEF, contribuyó a reforzar esa relación entre fandom y solidaridad. UNICEF ha documentado el alcance internacional de la campaña y las contribuciones realizadas por BTS y sus seguidores.

Por eso, en diferentes partes del mundo algunos ARMY han transformado celebraciones de cumpleaños o aniversarios en campañas para donar alimentos, apoyar refugios, financiar tratamientos, ayudar a niños o respaldar causas ambientales. No existe una organización mundial que ordene estas acciones: surgen de comunidades locales que se organizan por su cuenta.
Lo mismo ocurre con las traducciones. Durante años, comunidades de ARMY han traducido entrevistas, transmisiones, publicaciones y contenidos del coreano a otros idiomas para que los seguidores que no hablan coreano puedan comprenderlos. Esa circulación voluntaria de información ayudó a convertir al fandom en una red transnacional.
En los conciertos aparece además una regla informal: ayudar a otros ARMY. Quienes conocen una ciudad pueden explicar cómo llegar al estadio; quienes ya han asistido a otros conciertos comparten recomendaciones; quienes llevan tiempo en el fandom orientan a quienes llegan por primera vez.
Bogotá no fue ajena a esa dinámica. La propia Alcaldía publicó una guía específica para ARMY con recomendaciones sobre horarios, accesos, objetos permitidos y puntos de encuentro, mientras TransMilenio habilitó ocho rutas especiales para facilitar la salida de los asistentes después de los conciertos.
Pero quizá la escena más significativa estuvo precisamente donde no había escenario. Mientras dentro de El Campín BTS desarrollaba su espectáculo, afuera otras miles de personas construían una experiencia paralela basada en escuchar, cantar, conversar, intercambiar freebies y esperar juntas.
No tener una entrada no significó necesariamente quedar completamente por fuera del acontecimiento. Para esas fanáticas, estar cerca del estadio, escuchar las canciones y compartir con otras ARMY fue suficiente para convertir la espera en una forma propia de participación.
Esa es una de las particularidades de la cultura ARMY: el concierto no termina en la tarima ni comienza cuando se abren las puertas. Empieza mucho antes, en los grupos de redes sociales, en la preparación de los freebies, en los intercambios, en las canciones aprendidas y en las conversaciones entre desconocidos. Y puede continuar incluso cuando el artista no está delante del público.
Durante dos noches frías en Bogotá, los alrededores de El Campín demostraron precisamente eso. Dentro del estadio estaban BTS y decenas de miles de personas con boleto. Afuera, otras miles encontraron su propia manera de cantar, compartir y sentirse parte del mismo acontecimiento.
La escena convirtió a El Campín en algo más que el lugar donde BTS ofreció sus primeros conciertos en Colombia. Por unas horas, sus calles cercanas fueron también un punto de encuentro para una comunidad internacional que, con sus propios códigos y rituales, había aprendido que ser ARMY no consiste únicamente en escuchar a BTS: también consiste en encontrarse con otros a través de BTS.






