De Trump a Milei y Noboa: las claves internacionales del discurso de posesión de De la Espriella

La nueva derecha ha desplazado parte de la discusión política hacia asuntos culturales: qué valores deben transmitirse, qué papel tiene la familia, qué debe enseñarse en las escuelas y cuál debe ser la relación entre Estado, religión y sociedad. En Colombia, De la Espriella incorporó esa agenda dentro de su concepto de “regeneración moral” - Foto: Casa Real Española

La nueva derecha ha desplazado parte de la discusión política hacia asuntos culturales: qué valores deben transmitirse, qué papel tiene la familia, qué debe enseñarse en las escuelas y cuál debe ser la relación entre Estado, religión y sociedad. En Colombia, De la Espriella incorporó esa agenda dentro de su concepto de “regeneración moral” - Foto: Casa Real Española

El discurso de posesión de Abelardo de la Espriella permite identificar una transformación importante en la manera en que la nueva derecha colombiana busca presentarse ante el país. Más que una sucesión de propuestas sectoriales, el mandatario construyó un relato de ruptura, recuperación y reconstrucción nacional, con varios elementos que coinciden con los discursos de Donald Trump, Javier Milei y Daniel Noboa.

La primera coincidencia está en la idea de que Colombia debe recuperar una grandeza perdida. La expresión “Patria Milagro”, utilizada por De la Espriella, funciona como una promesa de reconstrucción nacional después de un periodo que el nuevo presidente presentó como marcado por el deterioro. Su llamado a “recuperar la grandeza del país” tiene un parentesco evidente con el “Make America Great Again” de Trump, aunque adaptado a una narrativa colombiana.

La estructura del relato es similar: primero se presenta un país que ha perdido el rumbo y después aparece un Gobierno que promete devolverle su fortaleza. De la Espriella situó buena parte de la responsabilidad en el Gobierno de Gustavo Petro, al que llamó repetidamente “régimen” y al que atribuyó problemas de seguridad, corrupción, energía y reputación internacional. La elección de esa palabra no es menor: convierte la alternancia presidencial en una ruptura con un periodo político que el nuevo mandatario considera excepcionalmente dañino.

El segundo gran eje es la seguridad como principio ordenador del Estado. En este aspecto, el discurso tiene un parentesco especialmente fuerte con el de Daniel Noboa. La lucha contra el narcotráfico, las organizaciones criminales, el fortalecimiento de la Fuerza Pública, las megacárceles, la fumigación y la recuperación del control territorial ocuparon mucho más espacio que otros problemas sociales.

La frase sobre el “tigre” resume esa concepción. De la Espriella presentó al Estado como una fuerza que había recuperado la capacidad de responder frente al crimen. La advertencia de que las organizaciones criminales debían desmovilizarse o enfrentarían la “mano fuerte” del Estado se inscribe en una narrativa que también ha utilizado Noboa: la negociación deja de ser el centro y la recuperación de la autoridad estatal pasa a ocuparlo.

Con Trump existe otro punto de contacto: la asociación entre seguridad, libertad y autoridad. De la Espriella no presentó la seguridad solamente como una política criminal, sino como una condición para que los ciudadanos puedan vivir libres. Esa combinación permite justificar un Estado más fuerte sin presentarlo como una expansión burocrática, sino como la recuperación de una función básica: proteger a la población.

La tercera coincidencia está en la batalla cultural. El discurso no se limitó a economía y seguridad. De la Espriella habló de familia, mérito, patriotismo, Dios, respeto por la ley y libertad de pensamiento en las aulas. Al advertir contra el adoctrinamiento educativo, convirtió la escuela en otro escenario de disputa política.

Aquí el parentesco con Milei y Trump resulta más evidente. La nueva derecha ha desplazado parte de la discusión política hacia asuntos culturales: qué valores deben transmitirse, qué papel tiene la familia, qué debe enseñarse en las escuelas y cuál debe ser la relación entre Estado, religión y sociedad. En Colombia, De la Espriella incorporó esa agenda dentro de su concepto de “regeneración moral”.

La dimensión religiosa profundizó todavía más esa orientación. Dios no apareció como una referencia marginal, sino como uno de los conceptos alrededor de los cuales se organizó el discurso. La invocación a Jesucristo al comienzo, la idea de estar “de rodillas ante Dios” y el cierre con “Viva Cristo Rey” construyeron una imagen presidencial distinta de la tradición secular de buena parte del discurso político colombiano contemporáneo.

En el terreno económico, la influencia más reconocible es la de Milei, aunque con diferencias importantes. De la Espriella presentó a la empresa privada y la inversión como motores de la reconstrucción, habló de eliminar el impuesto al patrimonio, formalizar trabajadores informales y recuperar la confianza internacional. Su “regeneración económica” busca modificar el papel que, a su juicio, tuvo el Estado durante el Gobierno anterior.

Sin embargo, De la Espriella no planteó un Estado mínimo al estilo del libertarismo más radical de Milei. Su propuesta es contradictoria en un sentido interesante: quiere un Estado más pequeño en algunas áreas económicas, pero mucho más fuerte en seguridad, justicia y control territorial. La construcción de megacárceles, el fortalecimiento militar, la lucha contra el narcotráfico y la recuperación de zonas controladas por organizaciones criminales requieren precisamente un Estado con mayores capacidades.

Otro punto de contacto con Trump aparece en la defensa de los hidrocarburos. De la Espriella hizo énfasis reiterado en las reservas de petróleo y gas, defendió el fracking “responsable y sostenible”, habló de fortalecer la generación térmica y advirtió sobre una eventual crisis energética. La energía dejó de aparecer como una cuestión exclusivamente ambiental para convertirse en un asunto de seguridad y soberanía nacional.

Esta visión representa un cambio importante respecto de la política energética de Petro. De la Espriella presentó la explotación de recursos naturales como una manera de evitar el empobrecimiento y garantizar la seguridad energética. En ese sentido, coincide con la política de Trump de privilegiar la producción nacional de combustibles fósiles y cuestionar restricciones que puedan afectar la competitividad o la autonomía energética.

La apuesta por la cuarta revolución industrial introduce, sin embargo, una dimensión diferente. De la Espriella no se limitó a defender sectores tradicionales. Habló de inteligencia artificial, ciencia de datos, robótica y desarrollo de software, y planteó que los jóvenes colombianos deben convertirse en creadores de tecnología.

Esto acerca su discurso a una idea transversal de las nuevas derechas: la tecnología como herramienta de competitividad, soberanía y transformación económica. La diferencia es que De la Espriella intenta combinar dos imágenes que pueden parecer contradictorias: Colombia como potencia energética basada en petróleo y gas, y Colombia como país tecnológico integrado a la inteligencia artificial.

En política exterior también aparece una ruptura. La promesa de restablecer relaciones con todos los países y terminar con la “ideologización” de la diplomacia apunta directamente a corregir el rumbo de Petro. La referencia a las “naciones libres del mundo”, el acercamiento a Israel y la búsqueda de vínculos más estrechos con Estados Unidos se ubican dentro de una orientación internacional más próxima a Trump y Milei.

La diferencia es que De la Espriella intentó presentar este giro como una política de pragmatismo y coherencia, no solamente como un alineamiento ideológico. La idea es que Colombia debe relacionarse con países según sus intereses nacionales y no a partir de afinidades políticas. En la práctica, sin embargo, el énfasis en Israel, Estados Unidos y las democracias occidentales marca una clara diferencia respecto del enfoque del Gobierno Petro.

Hay además una coincidencia profunda en la utilización del “pueblo” como fuente de legitimidad política. De la Espriella afirmó que Dios, la patria y el pueblo le habían otorgado el lugar de presidente. Milei habla de los argentinos frente a “la casta”; Trump, de los ciudadanos frente al establishment; Noboa, de los ecuatorianos frente a las estructuras criminales.

Esta fórmula permite que el presidente se presente como algo más que el ganador de una elección. Se presenta como el representante de una voluntad colectiva de transformación. El problema político aparece cuando esa construcción puede llevar a considerar a quienes discrepan no simplemente como adversarios legítimos, sino como representantes del pasado que el nuevo Gobierno pretende superar.

Ahí aparece uno de los elementos más delicados del discurso. De la Espriella aseguró que respetará el equilibrio de poderes, que no interferirá con las altas cortes y que no promoverá reformas constitucionales. También afirmó que no perseguirá a quienes piensen diferente y que todos tendrán los mismos derechos. Estas afirmaciones funcionan como un intento de establecer límites institucionales a la propia narrativa de ruptura.

La tensión está en que el discurso contiene simultáneamente una retórica de confrontación muy fuerte. El Gobierno Petro fue presentado como “régimen”, se habló de corrupción generalizada, de modelos bolivarianos dañinos y de una recuperación casi refundacional del Estado. El desafío será determinar si esa retórica queda confinada al discurso político o si termina condicionando la relación del Ejecutivo con la oposición, la prensa, las cortes y las organizaciones sociales.

La comparación con Noboa resulta especialmente útil en este punto. Un Gobierno que coloca la seguridad en el centro enfrenta una tensión permanente entre eficacia y garantías institucionales. Las medidas contra el crimen pueden ser populares, pero la expansión de las facultades estatales exige controles para evitar abusos. De la Espriella prometió garantías para la Fuerza Pública, pero también deberá demostrar que esas garantías no significan impunidad.

La misma tensión aparece en su propuesta de revisar la JEP. La calificación de esa jurisdicción como indulgente anticipa una relación crítica con algunas instituciones creadas por el Acuerdo de Paz. Su revisión puede convertirse en una discusión legítima sobre justicia transicional, pero también será un indicador de hasta dónde llega la promesa presidencial de respetar el equilibrio de poderes.

Otro elemento significativo es la ausencia de detalles financieros en algunas de las propuestas más ambiciosas. El anuncio de megacárceles es un ejemplo. El presidente presentó la infraestructura penitenciaria como parte de su estrategia contra el crimen, pero, según tus anotaciones, no explicó cuánto costará ni cómo será financiada.

Algo similar ocurre con la coexistencia de reducción tributaria, congelamiento del gasto, mantenimiento de programas sociales, fortalecimiento militar, inversión tecnológica, infraestructura penitenciaria y expansión de capacidades estatales. El discurso plantea una agenda muy amplia y el principal interrogante ahora será cómo se convertirá esa promesa política en una arquitectura fiscal sostenible.

Finalmente, la construcción histórica también diferencia a De la Espriella de sus referentes internacionales. Mientras Trump apela a la grandeza estadounidense, Milei a la tradición liberal argentina y Noboa a la recuperación de Ecuador frente al crimen, De la Espriella recurrió a Núñez, la Regeneración, Joaquín de Cayzedo y Cuero y Álvaro Gómez Hurtado.

El resultado es una mezcla particular: Trump en la idea de grandeza y energía; Noboa en la seguridad y la autoridad; Milei en la batalla cultural, el mérito y la centralidad de la empresa privada; y una narrativa religiosa y nacionalista propia del conservadurismo colombiano.

Más que una copia de esos tres dirigentes, el discurso muestra que De la Espriella intenta insertar a Colombia en una corriente internacional de derecha que entiende el poder como una combinación de autoridad estatal, mercado, identidad nacional, valores tradicionales, seguridad y confrontación cultural. La pregunta que queda abierta no es solamente si esa fórmula funcionará electoralmente, sino si podrá traducirse en políticas públicas sin producir las tensiones institucionales que inevitablemente aparecen cuando un Gobierno promete una transformación profunda y, al mismo tiempo, asegura que respetará los límites del Estado de derecho.

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