El costo de descentralizar el poder: las nuevas sedes presidenciales de De la Espriella

La controversia adquirió mayor dimensión durante los preparativos de la posesión. La presencia del equipo presidencial en el Centro Cultural fue señalada como uno de los factores que afectaron actividades culturales programadas en Cali, en un contexto en el que además el Festival Petronio Álvarez terminó aplazado por la emergencia nacional - Foto: Fundación Rogelio Salmona

La controversia adquirió mayor dimensión durante los preparativos de la posesión. La presencia del equipo presidencial en el Centro Cultural fue señalada como uno de los factores que afectaron actividades culturales programadas en Cali, en un contexto en el que además el Festival Petronio Álvarez terminó aplazado por la emergencia nacional - Foto: Fundación Rogelio Salmona

La decisión de Abelardo de la Espriella de gobernar desde distintas ciudades y modificar las sedes presidenciales tradicionales se ha convertido en uno de los primeros debates sobre el costo y el sentido de su administración. El mandatario ha planteado una estrategia de descentralización que busca llevar parte del poder ejecutivo a las regiones, pero sus críticos cuestionan si para lograrlo es necesario trasladar infraestructura y dependencias que ya funcionan.

En Cali, el Gobierno escogió el antiguo edificio de la FES, hoy Centro Cultural de Cali, como sede alterna para los despachos presidenciales. La decisión tiene un fuerte componente simbólico: De la Espriella escogió la capital del Valle como escenario de su posesión y posteriormente utilizó la ciudad como uno de los primeros centros de su agenda presidencial.

El problema planteado por sectores críticos es que el inmueble no es una sede administrativa convencional. Se trata de un espacio cultural de la ciudad y su utilización por parte de la Presidencia genera interrogantes sobre la compatibilidad entre las necesidades de seguridad y funcionamiento del jefe de Estado y la actividad cultural que normalmente se desarrolla allí.

La controversia adquirió mayor dimensión durante los preparativos de la posesión. La presencia del equipo presidencial en el Centro Cultural fue señalada como uno de los factores que afectaron actividades culturales programadas en Cali, en un contexto en el que además el Festival Petronio Álvarez terminó aplazado por la emergencia nacional.

El debate en Cali, por tanto, enfrenta dos conceptos diferentes: por un lado, la descentralización y la posibilidad de acercar el Gobierno nacional a las regiones; por otro, la utilización de infraestructura cultural para una función que exige condiciones especiales de seguridad y logística.

En Bogotá, la controversia es todavía mayor. De la Espriella anunció que no despachará desde la Casa de Nariño, como lo hicieron los presidentes colombianos desde 1979, sino desde el Palacio de San Carlos, inmueble que actualmente funciona como sede del Ministerio de Relaciones Exteriores. La Casa de Nariño, por su parte, será convertida en museo.

El Palacio de San Carlos no es una elección sin antecedentes. El edificio fue sede presidencial durante distintos períodos de la historia republicana y volvió a albergar al Ejecutivo entre 1954 y 1979. Después de la restauración de la Casa de Nariño, la Presidencia regresó allí y San Carlos quedó destinado nuevamente a la Cancillería.

Precisamente por eso una de las principales críticas consiste en preguntarse por qué modificar una infraestructura presidencial que ya está diseñada para esa función. La Casa de Nariño cuenta con espacios administrativos, sistemas de seguridad, comunicaciones y logística construidos alrededor de las necesidades de la Presidencia.

El traslado, además, desencadena una segunda operación: la Cancillería debe abandonar el Palacio de San Carlos. Esto significa que la decisión no afecta únicamente al despacho presidencial, sino que obliga a resolver dónde funcionará el Ministerio de Relaciones Exteriores y qué inversiones serán necesarias para adecuar una nueva sede.

Los cálculos sobre el costo han generado especial controversia. Un análisis de Razón Pública estimó que adecuar San Carlos podría costar cerca de $36.000 millones, tomando como referencia el área del edificio y un costo estimado de intervención por metro cuadrado. El mismo análisis calculó entre $30.000 y $40.000 millones adicionales para la nueva sede de la Cancillería. Son estimaciones, no un presupuesto oficial ejecutado o contratado por el Gobierno.

A partir de esos cálculos, el debate público ha llegado a hablar de una operación inicial de entre $70.000 y $80.000 millones, sin contar otros componentes como seguridad, tecnología, mobiliario, traslado de funcionarios y adecuaciones adicionales. La crítica central es que el Estado podría terminar destinando recursos significativos a reemplazar instalaciones que ya cumplen sus respectivas funciones.

Existe, además, una discusión sobre la seguridad. Convertir San Carlos en sede presidencial implica adaptar un edificio patrimonial ubicado en el centro histórico de Bogotá a las exigencias de protección del jefe de Estado. El Palacio está integrado a una zona con intensa actividad institucional, turística y cultural, muy distinta al entorno operativo de la Casa de Nariño.

El punto más sensible es la cercanía con el Teatro Colón y otros espacios culturales de La Candelaria. Un esquema reforzado de seguridad presidencial podría implicar controles de acceso, restricciones de movilidad y cierres temporales en una zona donde funcionan teatros, restaurantes, hoteles, comercios y otros establecimientos. La discusión, por tanto, no se limita al edificio presidencial, sino que alcanza el funcionamiento cotidiano del centro histórico.

También existe una preocupación patrimonial. El Palacio de San Carlos fue declarado Monumento Nacional en 1975 y su arquitectura y valor histórico imponen restricciones y condiciones especiales para cualquier intervención. La adaptación a las necesidades de una Presidencia moderna tendrá que conciliar seguridad y funcionalidad con la conservación del inmueble.

La paradoja política está en que De la Espriella ha presentado estos cambios como parte de una política de descentralización y reducción de la concentración del poder en Bogotá. Sus primeros días de Gobierno reforzaron esa narrativa: Cali, Barranquilla y Medellín tuvieron un protagonismo que normalmente corresponde a la capital.

Pero sus críticos sostienen que descentralizar el Gobierno no necesariamente significa trasladar oficinas, cambiar edificios o crear sedes alternativas. La pregunta que queda abierta es si la estrategia producirá una presencia estatal más eficiente en las regiones o si terminará multiplicando costos administrativos y logísticos.

La elección de Cali también tiene una dimensión política. La ciudad fue uno de los epicentros del estallido social de 2021 y tuvo un comportamiento electoral que no coincidió con la candidatura de De la Espriella. Llevar allí la posesión y posteriormente establecer una sede presidencial alterna puede interpretarse como un intento de enviar un mensaje de autoridad y presencia nacional en una región políticamente disputada.

En Bogotá, el traslado a San Carlos produce un efecto diferente: modifica un símbolo institucional consolidado durante casi cinco décadas. La Casa de Nariño dejaría de ser el centro del Ejecutivo y pasaría a convertirse en museo, mientras que un edificio históricamente asociado a la Presidencia recuperaría esa función y obligaría a la Cancillería a buscar un nuevo espacio.

En definitiva, las decisiones sobre Cali y Bogotá forman parte de una misma apuesta: cambiar físicamente el mapa del poder presidencial. El Gobierno puede defenderlas como una ruptura con el centralismo y una manera de acercar el Estado a las regiones, pero deberá demostrar que los beneficios institucionales justifican los costos de adaptar edificios, trasladar funcionarios, garantizar la seguridad presidencial y afectar espacios culturales y patrimoniales.

El principal interrogante no es, por ahora, si el presidente tiene la posibilidad política de escoger dónde despachar, sino cuánto terminará costándole al Estado esa transformación y qué efectos tendrá sobre instituciones que ya funcionan en esos edificios. Mientras no se conozcan los contratos, presupuestos y proyectos de adecuación definitivos, las cifras más elevadas deben manejarse como estimaciones. Lo que sí está claro es que la promesa de descentralizar el poder ha abierto una discusión sobre si cambiar de sede también significa hacer más eficiente al Estado o, por el contrario, crear nuevos gastos para modificar una infraestructura que ya estaba en funcionamiento.

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