Lucía Libertaria y Julia Riojana: las influencers que no existen y difunden política con inteligencia artificial

El caso argentino no es aislado. Chequeado ubicó a Lucía y Julia dentro de una tendencia internacional que ya había aparecido en Estados Unidos, Polonia y Alemania. En esos países se utilizaron personajes femeninos creados con IA para difundir mensajes políticos, incluidos contenidos favorables a Donald Trump y a partidos de extrema derecha - Foto: Redes Sociales

El caso argentino no es aislado. Chequeado ubicó a Lucía y Julia dentro de una tendencia internacional que ya había aparecido en Estados Unidos, Polonia y Alemania. En esos países se utilizaron personajes femeninos creados con IA para difundir mensajes políticos, incluidos contenidos favorables a Donald Trump y a partidos de extrema derecha - Foto: Redes Sociales

Lucía Libertaria y Julia Riojana parecen, a primera vista, dos jóvenes argentinas que encontraron en las redes sociales un espacio para hablar de política. Una se presenta como una mujer de Buenos Aires, de derecha y libertaria; la otra asegura ser riojana y se define como “liberal libertaria”. Pero detrás de ambas no hay una persona de carne y hueso: son identidades construidas mediante inteligencia artificial.

El caso fue documentado por Chequeado en una investigación publicada el 22 de agosto de 2026. La organización verificó que las dos cuentas utilizan avatares generados con inteligencia artificial para producir videos e imágenes y construir perfiles que aparentan corresponder a mujeres reales. El hallazgo adquiere especial relevancia porque ambas difunden contenido político y aparecen en redes a menos de un año de las elecciones presidenciales argentinas de 2027.

Lucía Libertaria tiene presencia en Instagram, X, TikTok y Facebook. Según el relevamiento de Chequeado, sus cuentas reunían casi 24.000 seguidores. En sus publicaciones defiende medidas de la administración de Javier Milei, cuestiona al kirchnerismo y aborda asuntos económicos y políticos.

Entre los temas que promueve aparecen la reforma del Banco Central impulsada por el oficialismo, el denominado proyecto de inocencia fiscal y diferentes planteamientos sobre el funcionamiento de la economía. También defendió modificaciones relacionadas con la inviolabilidad de la propiedad privada y cambios al régimen de tierras rurales. Uno de sus videos llegó a unas 366.000 reproducciones en Instagram, de acuerdo con Chequeado.

Julia Riojana opera con una lógica similar, aunque con una identidad territorial diferente. Sus perfiles en Instagram, X y TikTok acumulaban casi 8.000 seguidores en el momento del relevamiento. Sus publicaciones respaldan medidas del Gobierno nacional y cuestionan decisiones de la administración del gobernador de La Rioja, Ricardo Quintela, del Partido Justicialista.

La construcción de Julia no se limita a los videos políticos. El personaje aparece en imágenes que pretenden mostrar una vida cotidiana: recorridos por el Parque Nacional Talampaya, encuentros con amigas y visitas a fincas. Lucía hace algo parecido al mostrarse en bares, con la camiseta argentina o en distintos lugares de Buenos Aires.

Ese componente cotidiano es fundamental para entender la estrategia. Las cuentas no se presentan simplemente como canales de propaganda o páginas partidarias. Construyen la apariencia de una persona: tienen nombre, edad implícita, lugar de residencia, gustos, actividades, fotografías y opiniones. La política aparece así integrada dentro de una identidad aparentemente individual.

El problema descubierto por los investigadores fue que esas identidades no existían fuera de las redes. Chequeado encontró que ambas eran avatares producidos con inteligencia artificial y, al momento de su investigación, ninguna de las dos cuentas informaba claramente a sus seguidores que detrás de las imágenes no había una persona real.

La revelación no dependió solamente de detectar una imagen extraña o un defecto visual. El análisis partió de observar el funcionamiento de las cuentas, la ausencia de una identidad verificable y la manera en que ambas construían una biografía digital. En lugar de existir primero como personas y luego abrir perfiles políticos, sus identidades aparecían directamente como personajes digitales preparados para producir contenido.

También había una señal particularmente significativa: mientras las publicaciones acumulaban comentarios de usuarios que interactuaban con “Lucía” como si fuera una persona real, otros usuarios advertían que el personaje no existía. Esa confusión muestra que la apariencia sintética no era necesariamente evidente para toda la audiencia.

El caso argentino no es aislado. Chequeado ubicó a Lucía y Julia dentro de una tendencia internacional que ya había aparecido en Estados Unidos, Polonia y Alemania. En esos países se utilizaron personajes femeninos creados con IA para difundir mensajes políticos, incluidos contenidos favorables a Donald Trump y a partidos de extrema derecha.

En Estados Unidos, por ejemplo, apareció el personaje de Jessica Foster, presentado como integrante del Ejército estadounidense y simpatizante del movimiento MAGA. Llegó a superar el millón de seguidores antes de que Instagram eliminara la cuenta por infringir sus políticas, según la investigación citada por Chequeado. El caso muestra hasta dónde puede llegar la construcción de una identidad política ficticia cuando se combina hiperrealismo, redes sociales y una narrativa ideológica.

Uno de los principales riesgos de estas figuras es la falta de transparencia. Una persona que escucha a un ciudadano defender una política sabe, al menos en principio, que está frente a un individuo que existe. Con un avatar político esa relación cambia: el rostro, la voz, la biografía y hasta las experiencias personales pueden ser fabricados sin que el público lo sepa.

Existe además un problema democrático: una identidad artificial puede simular una opinión ciudadana espontánea. La cuenta parece decir “yo pienso esto”, cuando en realidad existe un operador detrás que decide qué personaje construir, qué argumentos utilizar y qué contenidos publicar. No significa que todo avatar político constituya automáticamente propaganda ilegal, pero sí plantea una pregunta fundamental sobre quién habla y quién financia o administra esa voz.

La inteligencia artificial también permite producir contenido a una escala difícil de alcanzar para una persona real. Un personaje puede aparecer todos los días, cambiar de escenario, responder a coyunturas políticas y mantener una identidad visual constante sin que exista una influencer detrás de la cámara. Esa capacidad puede reducir los costos de producción y facilitar campañas digitales altamente segmentadas.

Otro riesgo es la erosión de la confianza. Una revisión sistemática de 74 estudios publicada en 2026 encontró que los contenidos sintéticos pueden generar lo que los investigadores denominan “incertidumbre epistémica”: dificultades para determinar qué información es auténtica y qué información fue fabricada. El problema puede producirse incluso cuando el público sabe que existen manipulaciones con IA.

Ese fenómeno puede terminar afectando también a contenidos verdaderos. Si las personas empiezan a asumir que cualquier fotografía, video o testimonio podría haber sido generado artificialmente, aumenta la posibilidad de que material auténtico sea descartado como falso. La sospecha deja de estar dirigida solamente contra la desinformación y comienza a afectar la capacidad general de confiar en la evidencia.

El uso de mujeres jóvenes y atractivas como vehículos para mensajes políticos añade otra dimensión. Chequeado señala que estos avatares suelen recurrir a estereotipos sexistas para captar atención. En el caso de Lucía y Julia, la construcción visual combina juventud, feminidad, atractivo convencional y una supuesta vida cotidiana con posiciones políticas claramente identificables.

Esto permite abrir una discusión sobre representación que va más allá de la inteligencia artificial. Cuando se fabrica una “joven argentina” o una “joven riojana”, alguien está tomando decisiones sobre qué rostro, cuerpo, vestuario, entorno y estilo de vida deben representar a esas identidades. Analizar esas elecciones puede revelar qué modelos de feminidad, belleza, clase o pertenencia territorial son considerados más eficaces para transmitir un mensaje político, aunque no permita atribuir por sí solo una intención específica a quienes crearon los personajes.

La pregunta central, por tanto, no es solamente si Lucía Libertaria y Julia Riojana son falsas. La cuestión de fondo es qué ocurre cuando una identidad política artificial puede parecer tan humana como una ciudadana real, acumular seguidores, participar en conversaciones públicas y defender determinadas posiciones sin revelar claramente quién la creó. En una época electoral marcada por la expansión de la inteligencia artificial, saber quién está detrás del rostro puede convertirse en una parte esencial del derecho de los ciudadanos a entender quién intenta persuadirlos.

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