La frontera también atraviesa los hogares: migración, política y familias latinas en Estados Unidos

Estados Unidos no ha sido ajeno a ese proceso. Paradójicamente, parte del voto latino apoyó proyectos políticos que defendían políticas migratorias más restrictivas. Las razones son diversas: preocupaciones económicas, desencanto con las instituciones, diferencias religiosas, miedo a la inseguridad y profundas divisiones dentro de las propias comunidades migrantes - Imagen: Julieth Cabral

Estados Unidos no ha sido ajeno a ese proceso. Paradójicamente, parte del voto latino apoyó proyectos políticos que defendían políticas migratorias más restrictivas. Las razones son diversas: preocupaciones económicas, desencanto con las instituciones, diferencias religiosas, miedo a la inseguridad y profundas divisiones dentro de las propias comunidades migrantes - Imagen: Julieth Cabral

La mañana del 13 de julio, Johan Sebastián Durán Guerrero, un colombiano de 25 años que vivía en Biddeford, Maine, murió durante un operativo del Servicio de Inmigración y Control de Aduanas de Estados Unidos (ICE). Las autoridades sostienen que el agente abrió fuego después de que el vehículo representara una amenaza, mientras familiares y organizaciones comunitarias han pedido una investigación independiente que permita esclarecer lo ocurrido. Johan dejó una esposa y una hija de tres años.

La noticia recorrió rápidamente las redes sociales colombianas. Durante algunos días, el debate se concentró en las circunstancias de la muerte, en la actuación de los agentes y en las responsabilidades legales del caso. Sin embargo, detrás de la conmoción inmediata existe una pregunta más profunda: ¿cómo llegamos a un momento histórico en el que las fronteras ya no separan únicamente países, sino también familias, comunidades y proyectos de vida?

La respuesta no puede encontrarse en un solo gobierno, en un partido político o en una elección presidencial. Lo que estamos viviendo forma parte de un fenómeno global marcado por el auge de discursos nacionalistas, el endurecimiento de las políticas migratorias y una creciente polarización alimentada por las redes sociales.

Durante décadas, millones de personas migraron buscando seguridad, estabilidad económica o la posibilidad de construir una vida distinta para sus hijos. Al mismo tiempo, en distintos países comenzaron a fortalecerse movimientos políticos que prometían recuperar el control de las fronteras, proteger el empleo nacional y restaurar una idea tradicional de identidad y pertenencia.

Estados Unidos no ha sido ajeno a ese proceso. Paradójicamente, parte del voto latino apoyó proyectos políticos que defendían políticas migratorias más restrictivas. Las razones son diversas: preocupaciones económicas, desencanto con las instituciones, diferencias religiosas, miedo a la inseguridad y profundas divisiones dentro de las propias comunidades migrantes.

Reducir esta realidad a la idea de que «los migrantes votaron contra sí mismos» sería ignorar la complejidad del fenómeno. La población latina no constituye un bloque uniforme. Un colombiano en Massachusetts, un cubano en Florida o un mexicano en Texas pueden tener experiencias, prioridades y visiones políticas completamente distintas.

Para la socióloga y politóloga Paula Muñoz, investigadora de la Universidad del Pacífico, el endurecimiento de las políticas migratorias forma parte de una transformación política más amplia.

«En muchas democracias estamos viendo una reacción frente a los cambios económicos, culturales y demográficos de las últimas décadas. La migración se ha convertido en uno de los escenarios donde se disputan preguntas fundamentales sobre identidad, seguridad y pertenencia».

Especialistas en migración han señalado que este fenómeno no es exclusivo de Estados Unidos. En Europa y América Latina también han ganado fuerza discursos que prometen reforzar fronteras, restringir derechos y recuperar una idea tradicional de nación.

Pero las consecuencias de las decisiones políticas suelen ser mucho más concretas que los discursos de campaña. En ciudades de todo el país, miles de familias viven con la incertidumbre de una posible deportación, con el temor de una separación repentina o con la sensación de que cualquier trámite cotidiano puede alterar el curso de sus vidas.

La frontera aparece entonces en espacios inesperados: en la puerta de una escuela, en una consulta médica, en el trayecto al trabajo o en la conversación de una pareja que intenta decidir si vale la pena seguir construyendo un futuro lejos de casa.

María*, una colombiana residente en Massachusetts desde hace cinco años, reconoce que las conversaciones sobre inmigración han cambiado la dinámica de su hogar.

«Antes hablábamos de trabajo, de la escuela y de nuestros planes. Ahora mis hijos preguntan qué pasaría si un día no regreso a casa o si tenemos que mudarnos de repente».

Aunque Massachusetts cuenta con algunas políticas de protección para las comunidades migrantes, María asegura que la sensación de vulnerabilidad persiste.

«El miedo no desaparece porque vivas en un estado diferente. Uno sigue pensando dos veces antes de hacer ciertos trámites, de viajar o incluso de llamar la atención. Lo más difícil no es la incertidumbre propia, sino la sensación de que tus hijos están creciendo con ese peso».

La historia reciente también ha demostrado que la política migratoria ya no se decide únicamente en los parlamentos o en las cortes. Hoy se disputa, minuto a minuto, en las redes sociales.

Figuras públicas, activistas, comentaristas e influenciadores participan en una conversación permanente sobre seguridad, identidad nacional y migración. Casos como el de Beto Coral ilustran cómo la diáspora colombiana se ha convertido en un actor político transnacional: debates que comienzan en Bogotá terminan afectando la vida cotidiana de colombianos que viven en Boston, Madrid o Nueva York.

Al mismo tiempo, los algoritmos premian los mensajes más emocionales: la indignación, el miedo, la confrontación y las explicaciones simples para problemas complejos. En ese ecosistema digital, la criminalización de comunidades enteras puede circular con enorme velocidad, muchas veces sin contexto suficiente y sin reparar en las consecuencias humanas que produce.

Las declaraciones de líderes políticos influyentes, las campañas en redes y el endurecimiento de los discursos sobre inmigración han contribuido a consolidar un ambiente en el que millones de personas sienten que deben justificar constantemente su presencia, su trabajo y hasta su derecho a pertenecer.

Por eso, la muerte de Johan Sebastián Durán Guerrero no puede entenderse únicamente como un hecho aislado ocurrido en una calle de Maine. Su historia obliga a mirar algo más amplio: el modo en que la política contemporánea atraviesa la vida privada de las personas.

Las fronteras ya no están solo en los mapas. También aparecen en las llamadas que no llegan, en las mesas familiares con una silla vacía y en la incertidumbre de quienes intentan construir un hogar mientras el debate público decide, una y otra vez, quién merece quedarse y quién no.

Porque detrás de cada estadística migratoria hay algo mucho más difícil de medir: una familia tratando de mantenerse unida.

Contexto: tres conceptos para entender el momento político actual

Populismo nacionalista

Se refiere a movimientos políticos que presentan la sociedad como una disputa entre «el pueblo» y distintos grupos considerados una amenaza para la nación, como las élites políticas, los organismos internacionales o las comunidades migrantes. En muchos países, estos discursos han impulsado políticas más restrictivas sobre inmigración y ciudadanía.

Reacción conservadora

Sociólogos y analistas utilizan este concepto para describir la respuesta política y cultural frente a transformaciones profundas ocurridas en las últimas décadas, como el aumento de la migración, la ampliación de derechos para las mujeres y las minorías, y los cambios en la economía global.

Polarización algorítmica

Las redes sociales no crean necesariamente los conflictos políticos, pero sus algoritmos suelen favorecer los contenidos que generan emociones intensas, como el miedo, la indignación o la confrontación. Esto puede amplificar discursos simplificados y contribuir a la desconfianza entre distintos grupos sociales.

*Nombre cambiado para proteger su identidad.

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